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19.12.13

El momento de la inspiración…

Hay momentos en los que nos envuelve un gélido vacío, como si nuestros sentimientos estuvieran ateridos.

Hay momentos en los que tememos la llegada del mal tiempo: desabridas mañanas, tardes adustas del invierno, momentos en que la imaginación se retuerce de hastío. 

Hay momentos en los que sentimos el frío venidero como un mal presagio, como si los ariscos meses invernales flagelaran nuestro espíritu.  

Hay momentos, en fin, en que las palabras se secan, y tiemblan, ajenas al menor atisbo de inspiración, esa gozosa inspiración de la que tanto receló Stendhal.

“Para escribir –confiesa en su Vida de Henry Brulard-, aguardaba el momento de la inspiración.” (¡El momento de la inspiración!) Y a cuenta de esa espera, se propina un reproche: “No superé esta manía hasta muy tarde”. (¡Manía!) Y para desbaratar dudas, el novelista remata: “Esta estupidez ha perjudicado mucho a la cantidad de mis trabajos”. (¡Estupidez!)

Pero a partir de cierto momento, Stendhal dejó de esperar el momento de la inspiración, y encontró su verdadera inspiración escribiendo. Buen remedio, sin duda, para la falta de inspiración, o para que la inspiración se manifieste, si le place.

Menos esquiva se muestra la inspiración con los poetas que con los novelistas. Al fin y al cabo, un buen poema pudiera labrarse, en ocasión feliz, con unas docenas de palabras fulgurantes, mientras que para armar una buena novela se necesitan muchas palabras, todas las necesarias, que son muchas. Muchas palabras, muchos días. Para tal labor quizás sea más útil la dócil paciencia que la inspiración.

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