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25.11.13

Los testigos

¿Quién no conoce a esos peripatéticos de fin de semana que proponen a los viandantes enigmas metafísicos? Son fáciles de reconocer. Tesoneros como son, la respuesta incrédula, o la hosca indiferencia, apenas les arredra. Están bien asidos a su fe, elemental y de acero inoxidable, ajena a la corrosión. Varias veces han puesto fecha al fin del mundo, pero el mundo no se acaba, que diría Charles Simic (cuyo sugerente libro, traducido por Jordi Doce, leo en estos días).

Son los testigos, los Testigos de Jehová.

Hubo un tiempo en que se presentaban como tales; pero ahora, con tantos vendedores de todas clases, se han vuelto más cautos y retrasan la identificación. Pero incluso sin decir quiénes son, es fácil reconocerlos. Suelen ir en parejas, bien trajeados, caminan lentamente, otean el horizonte y los extremos, portan su revista en la mano... A diferencia de los jóvenes mormones rubicundos de Utah, los testigos son muy muy castizos.

Recuerdo que cuando leí las memorias de Rudolf Höss, el aplicado comandante de Auschwitz, me llamó la atención el respeto (si puede decirse así) que mostraba al hablar de los testigos. Höss escribe: “Nada les parecía más bello ni deseable que sufrir e incluso morir por Jehová, pues se trataba del medio más seguro de acceder a la categoría de los elegidos. Así, aceptaban sin rechistar su ingreso en prisión, con todos los sufrimientos que ello implicaba. Resultaba conmovedor ver con cuánta entrega cuidaban de sus correligionarios y les brindaban toda la ayuda posible”. Parece que admiraba la entrega sin fisuras a su fe. Aunque su dios no fuera el mismo, ¿veía en ellos un ejemplo de obediencia más allá de la razón? Sin duda. Y no solo él: “Tanto Eicke como el propio Himmler dijeron en varias ocasiones que la fe ciega de los Testigos de Jehová podía servir de modelo a las SS, cuyos miembros debían dar muestras de un fanatismo acérrimo en su adhesión a Hitler y el nacionalsocialismo. Sólo se aseguraría el porvenir del Reich hitleriano cuando todos los SS estuvieran imbuidos de la nueva concepción del mundo, sacrificando por completo su ‘yo’ a la gran causa”. Pero, por lo que a la obediencia se refiere, qué mejor ejemplo que Abraham: no dudó en sacrificar a su hijo, aunque a última hora hubiera final feliz. Kierkegaard escribió páginas memorables al respecto. Los caballeros de la fe (religiosa o política) desafían continuamente a la razón, prescinden de ella en su relación con dios. Y quien intente comprenderlos se hundirá en una ciénaga de absurdos. Fuera de la razón, no es posible comprender.

Pero volvamos a los testigos: ayer llamaron a mi puerta. Dos adultos de mediana edad y una niña, “nuestra sobrina”, de apenas cuatro años. Ella fue la encargada de entregarme un díptico titulado “Será posible que los muertos vuelvan a vivir? (Según parece, ahora están de moda las películas sobre “muertos vivientes”. El tema no me interesa; me quedé en la inquietante, pionera y magistral película de Romero, y en algunas secuelas paródicas.) A lo que apuntaba el díptico era a la resurrección de los muertos. A veces pienso que si es difícil ser budista, más difícil es ser cristiano. Quizás sea la reencarnación más concebible que la resurrección de la carne. Y quien no cree en la resurrección no es un verdadero cristiano. Con las creencias, también es posible hacerse trampas: creer en lo que no se cree, y no creer en lo que se cree. O dudar de lo que se cree, como ese personaje de Dostoievsky que si cree, no cree que cree, y si no cree, no cree que no cree. Si, como decía Ortega, en las creencias se está, quizás sea cierto que muchas veces no sabemos dónde estamos. Tan desconocidos somos para nosotros mismos. Vivimos en la caverna, escrutamos sombras. Es tanta nuestra ignorancia, que acaso somos lo que no creemos ser. La verdad se nos escapa, engaña a nuestros sentidos, confunde a nuestras sensaciones, se burla de nuestras ideas, nos hace un corte de mangas a un palmo de la nariz. Si vemos sombras quizás sea porque nosotros mismos somos sombra. Sombra y tiempo. Y el tiempo todo lo mueve, nada es lo que fue, nunca hay un mañana. Pero una cosa es creer en la resurrección de los muertos y otra muy distinta resucitar. Y si resucitar no parece tarea fácil, más difícil será cuando hay numerus clausus de resucitados: ¡144.000! Ni uno más ni uno menos. Al actual ritmo de crecimiento de la población mundial, y por fatalismo aritmético, cada día que pasa hay menos posibilidades de ser uno de los elegidos. La competencia (o la mies) es mucha...

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