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15.9.13

Un poema de José Antonio Muñoz Rojas (y una apostilla ortográfica)

VII

Ahora que lo pienso bien
lo que me pasa es lo que no me pasa.
Qué es lo que me pasa, Dios mío?
Que no me pasa nada. Por eso
me quedo así, sin hacer nada.
Sabes lo que haces, o lo que dices
cuando dices, sin hacer nada?
Puede no hacerse nada? Sería
nada, lo que tú haces, Dios mío?
Nadie y nada. Es eso todo?


José Antonio Muñoz Rojas, Objetos perdidos
Valencia: Pre-Textos, 19982.

Apostilla ortográfica

Recuerdo que leyendo un libro de prosa nerudiana —¿Una casa en la arena?— (los signos de interrogación no forman parte del título, son expresión de mi duda) me llevé algunos chascos: al final de renglones nítidamente afirmativos solía toparme con un ? que hacía tambalear a la frase recién leída y trocaba lo hasta entonces afirmado en sorpresiva interrogación.
No sé si es esnobismo, tontería o descuido lo que lleva a ignorar el genio de una lengua que, a diferencia de otras, suele exigir, por mor de la claridad, poner los dos signos de interrogación para saber desde el principio la intención de la frase.
Leyendo este breve poema de Muñoz Rojas, delicioso poema de metafísica cotidiana, también me he llevado algún chasco, casi imperceptible por la rapidez con que las supuestas afirmaciones se convierten en preguntas. Parece como si en el fondo del poema latieran dos lecturas posibles: una afirmativa, interrogativa otra. Según la primera, obviando la imprevisible interrogación final, podría leerse, por ejemplo: “puede no hacerse nada”; según la segunda, sospechando la apertura de la interrogación, cabría una pregunta candente: “[¿]puede no hacerse nada?
Y cabe, asimismo, ensayar una tercera lectura, entreverada de afirmaciones a medias e interrogaciones por sorpresa, una lectura en la que pronto se duda de cuanto parece afirmarse.
Que estas minucias (insignificantes?, significativas?) no impidan disfrutar del poema. Remedando a su autor, y volteando el último verso, concluyo con una frase que sabe a infancia: Eso es todo, amigos.

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