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14.6.13

El testigo oidor (En el metro)

Sé que hay gente que desprecia (esa es la palabra) viajar en metro. Allá ellos. A mí el metro me gusta (aunque no sea esa la palabra) pero, por desgracia, hasta esas toperas han terminado llegando los teléfonos móviles, y ahora, además del sincopado “¡oye...! ¡oye...! ¡se corta!”, también es posible escuchar enjundiosos monólogos. El martes, sin ir más lejos, tuve la extraña sensación de haberme colado en la consulta de un terapeuta. Se siente algo turbio (¿pudor ajeno?) cuando, a solo unos centímetros, oyes a una mujer que abre de par en par su corazón al interlocutor lejano y, de paso, a los circunstantes. La aindiada mujer despedía quejas de su hija adolescente, y declaraba el dolor por tener que separarse de ella, y reconocía la llaga abierta del desprecio con que la hija despachaba sus desvelos. Fría como el mármol, la hija parece dispuesta —al menos mientras le dure la adolescencia— a pasarle factura a la madre por tanta lejanía. La interlocutora de la mujer, y yo mismo, involuntario testigo oidor, pudimos escuchar este triste lamento:
—Y yo le dije: «Doménica, ¿por qué no hablas conmigo...? Yo te quiero, cariño...» Y ella me contestó: «¿Acaso usted habló conmigo cuando se fue para allá? ¿Y de qué me sirve ahora que usted me quiera?»

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