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4.6.13

El piso de la soledad

Con estas palabras: «El hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra», concluye Ramón López Velarde su artículo “Obra maestra” (El minutero, 1923). Arranca el texto con la descripción de un tigre, inquieta fiera constreñida en exigua jaula. «Judío errante sobre sí mismo», dictamina el poeta.
Ese tigre que golpea los barrotes con su cola anuncia la amarga greguería con estrambote del segundo párrafo: El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza.
A partir de ahí, las palabras del poeta parecen tambalearse, enmarañadas en la paternidad y sus responsabilidades eternas, en la renuncia al hijo natural y en la proclamada existencia del hijo negativo, obra maestra. Pero esa algarabía de palabras nos estorba: la desolada greguería las socava, las torna insípidas y exculpatorias, incapaces de hacer que olvidemos el aritmético dolor, símbolo del infinito, impreso en el piso de la soledad.  

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