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21.5.13

Títulos arriesgados

El aciano es una planta con determinadas características que no vienen al caso; basta, para nuestro propósito, con saber que se trata de una planta. Del resto nos informa cualquier diccionario.

No sé si he visto alguna vez un aciano; puede que sí, pero sin saber que lo era. Para algunos, entre los que me encuentro, la botánica es un reino en el que abundan los entes anónimos: vemos una planta, y desconocemos su nombre; sabemos un nombre, e ignoramos a qué planta corresponde. Al poeta mexicano Amado Nervo le pasaba lo mismo. En cierta ocasión, paseando con Unamuno por un parque, se extasió ante la belleza de unas plantas que flotaban lánguidamente en el agua del estanque. Quiso saber su nombre. El recio vasco y adusto castellano, casi le recrimina:

—¡¡¡Nenúfares!!! ¡Esos que usted tanto nombra en sus versos!

(Quizás no sucediera así, e incluso es posible que no sucediera; poco importa. Que sea apócrifa, o no lo sea, en nada afecta al fondo de la anécdota.)

La referencia al aciano venía a cuento de que el maestro Jiménez Lozano escribió uno al que en mala hora tituló “El cogedor de acianos”. Acianos, sí. Y por si fuera poco, le puso, también en mala hora, ese mismo título al volumen en que recogió una gavilla de cuentos. En mala hora. Acianos. Quizás pocos títulos hayan sido tan tergiversados; por incultura botánica, en este caso. Así, no es extraño que El cogedor de acianos acabe citado, muchas veces, como *El cogedor de ancianos (título impúdico en algunas partes de América, que exigiría ser traducido por *El atrapador de ancianos. Una variante, más normal si cabe, sería *El recogedor de ancianos. Pero esto nada tiene que ver con lo que escribió el autor). [Acabo de consultar en Google. Entrecomillando el título incorrecto, da 12.400 resultados; y 23.400 entrecomillando el correcto.]

Terrible sino el de ciertos títulos, e incluso el de algunos honores. Se cuenta que cuando Leopoldo Torre Nilsson ganó la “Concha de oro” en el Festival de cine de San Sebastián, el director argentino estaba tan agradecido como avergonzado –corrido que dirían los clásicos, y César Vallejo también–. Apesadumbrado ante la perspectiva del retorno a la patria, el director no paraba de decir a quien quisiera oírle: ¿Y cómo vuelvo yo a la Argentina con esta concha... ¡Y además de oro!? 

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