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18.5.13

Retratos de una vida (Nicholas Nixon: “The Brown sisters”)

Descendemos y no descendemos a un mismo río;
nosotros mismos somos y no somos.
HERÁCLITO


En 1975, Nicholas Nixon fotografió por vez primera a las hermanas Brown. Una foto familiar, sin mayores pretensiones. Lo sorprendente es que a partir de esa fecha, y, que yo sepa, hasta el 2011, Nixon hizo un retrato cada año a
The Brown sisters. Más de treinta retratos. Cada hermana ocupa el mismo lugar en cada toma. En casi todas las fotos aparecen de pie (en dos o tres están sentadas), al aire libre, en un plano cerrado que excluye el entorno. Ningún plano llega a ser general; predominan el plano medio y el tres cuartos, o americano. La mirada de las hermanas es unas veces risueña, otras lánguida… Cada fotografía revela un estrato de la vida de cada una de las cuatro hermanas, que gracias a las fotografías aparecen multiplicadas por sí mismas. Cada rostro sucesivo es distinto aunque inevitable heredero del anterior. El tiempo (valga este término como expresión de lo indefinible) fue cincelando día a día cada uno de esos rostros. Gracias a que diariamente nos asomamos al espejo, no somos plenamente conscientes de los cambios que se producen en nosotros. Cada rostro pudiera parecer distinto, y sin embargo es el mismo. Cada rostro repetido responde a una realidad diversa, a unas experiencias distintas, a una soledad única. Cada rostro nos habla de la muerte de los rostros precedentes. En la realidad no hay hiatos, la realidad se ofrece sin solución de continuidad, es un río sin fin. Viendo estas fotografías, ¿cómo eludir la propensión metafísica? Esa apariencia física tan mudable remite a las disonancias que a lo largo del tiempo experimenta nuestro espíritu. Cada fotografía levanta acta de aquello que se fue. 
Frente a la fósil escultura, la figura humana está sometida a cambios constantes, vitales y también mortales. En tanto que personas desconocidas, es posible que al ver las fotos de las hermanas Brown no sintamos ese vértigo que produce asomarnos a nuestra propia retratografía. En las evoluciones del rostro es fácil aprender la impermanencia terrible de las cosas, la risotada sombría del tiempo. 
Precisamente porque congela el instante, la fotografía inocula gran melancolía al permitirnos cotejar el fue y el es de nuestra apariencia (sin olvidar que lo que fue, no fue como fue; y que lo que es, no es como es). Contemplar esta sucesión de fotografías es como partir una vida en canal, diacrónicamente.
Comparar las más antiguas con las más modernas puede resultar penoso, igual que cuando nos encontramos inesperadamente con alguien a quien hace muchos años no veíamos. (Penoso, indudablemente, para ambas partes, ya que cada uno es un espejo para el otro.) Ese alud de tiempo, contemplado de repente, nos encrespa. La asiduidad cotidiana, qué duda cabe, suaviza los cambios, aunque no los soslaye. El tiempo, con el telón de fondo del espacio, nos esculpe, forja nuestro cuerpo y cincela nuestro espíritu. Con paciencia, sin prisa, como el caracol. 

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