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29.5.13

Budhi-Dhorma y las novelas "interminables"




A Budhi-Dhorma le inquietan esas novelas que considera “interminables”, y no por carecer de fin sino por su propia incapacidad para alcanzarlo. La lista no es infinita, pero cada quien tiene la suya.
Alguna de esas novelas son sobradamente famosas (aunque no siempre lo fueran) y abundosas en ediciones. Pero ¿quién ha leído verdaderamente Moby Dick? –se pregunta Budhi-Dhorma–, y, sin embargo, no hay nadie que no crea conocerla. Y si miramos a la poesía, ¿cuántos han fatigado la Comedia del Dante? Muchos se atrincheraron en el “Infierno”, y renunciaron para siempre al Purgatorio y al Paraíso. ¿Y qué decir, se dice Budhi-Dhorma, del Ulises de Joyce, tan alabado como poco leído? Budhi-Dhorma recuerda asimismo a Cervantes: no al autor del Quijote, no, sino al de su postrer novela: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en cuya dedicatoria dejó estas sentidas palabras: “Puesto ya el pie en el estribo...” En el estribo de la muerte, se entiende. A Budhi-Dhorma le consta que Azorín leyó esa novela, bizantina; hasta el final, es de suponer. ¿Y cómo no recordar, prosigue Budhi-Dhorma su recuento, el portento caribeño de Paradiso, del inmenso Lezama Lima? Cortázar lo leyó, sin duda; y corrigió las galeradas de la edición mexicana; y además le dedicó un singular ensayo. Quizás baste un solo lector, piensa Budhi-Dhorma evocando a Sodoma y Gomorra, para salvar a una novela interminable; un solo lector para alcanzar clemencia.  
A veces el desánimo abruma a Budhi-Dhorma, y se siente tentado a pensar que en asuntos literarios la gente se miente tanto, sin llegar a engañarse, como en los sexuales. O si no cabe hablar de mentira, digamos adornar la realidad.
Que leer una novela exija tanto tesón como desentrañar a Heidegger es algo que deja pasmado a Budhi-Dhorma. Por experiencia sabe, no obstante, que, apegados al caduco placer inmediato, ahuyentamos placeres perennes. La inmediatez hiere al espíritu, y condena a los humanos a lo efímero, a no saborear las mieles de la duración les condena. Al menos eso cree Budhi-Dhorma. En la inmediatez, tótem de nuestros días, está el busilis: esa es la divisa del espíritu muelle y dulzón que se niega a masticar los frutos del espíritu. ¿Acaso debemos leer tan solo mientras gustamos de lo leído? –se pregunta Budhi-Dhorma–;  ¿acaso no sucede a veces que lo penoso de la empresa vuelve placentera la lectura de alguna de esas novelas esquinadas? El lector, así lo cree Budhi-Dhorma, debiera emular al alpinista, aunque solo fuera de vez en cuando, y no conformarse con los amenos cerros, los picos menudos ni el sinuoso placer de lo cercano. El alpinista literario gozará el supremo placer de hollar las cimas más altas, incluso si al final considera que la empresa no merecía la pena. Pero poder expresar un juicio con conocimiento de causa, también es premio a su arrojo. Para llegar al final, verdad de Perogrullo, no hay que aferrarse a lo inicios. Libros hay que si no nos obligamos a leerlos, piensa Budhi-Dhorma, nunca los leeríamos. Y esto vale, por supuesto, para las novelas interminables, esas novelas de arrolladora densidad que exigen de nosotros una entrega fatal al desafío. A Budhi-Dhorma le sorprende unos cientos de páginas de novela consigan  derrotar a muchos lectores avezados. Solo convirtiendo a esas novelas en nuestra ballena blanca, y entregándonos con tesón, seremos capaces de pelearnos con ellas a brazo partido. Y si la ballena blanca no acaba hundiéndonos (como le ocurrió al obsesivo Ahab), podremos exclamar a voz en grito: “¡¡¡Yo he leído Moby Dick!!! ¡¡¡De cabo a rabo!!!” (Y acaso a nuestro alrededor crezca un silencio difícil de desentrañar.)
A Budhi-Dhorma le tienta el alpinismo literario. Y a veces se entrega a él, ansioso por desbrozar sorpresas. El tiempo propicio para estos menesteres suele coincidir con las vacaciones veraniegas, a la sombra de una tupida parra. Budhi-Dhorma está convencido de que, en otros tiempos, las largas convalecencias contribuyeron mucho al alpinismo literario; pero no le cabe la menor duda de que hoy en día la televisión y sus acólitos atrapan el tiempo de los convalecientes, y de los que no lo son.

2 comentarios:

Juan Poz dijo...

Confesión: dos Everest imposibles de coronar: Volverás a Región, de Benet, la novela de un ingeniero de caminos; y La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, a la que me tengo obligada la revisitación.

Luis Valdesueiro dijo...

El caso de Benet es significativo: se trata, sin duda, de uno de los autores españoles en los que se da una mayor desproporción entre el número de ejemplares editados y el de lecturas efectuadas. No tengo datos, es tan solo una intuición, pero puede ser verdadera. Aunque no se le lea, no por ello deja de ser editado. La única explicación, en ese caso, es que se siga vendiendo bien.

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