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11.4.13

Memorias de un libro

Las aventuras de un libro vagabundo, la primera novela de Paul Desalmand, autor de varias decenas de libros, es una novela sorprendente y encantadora. Como es sabido, el término novela es plural y ampara a libros de muy diverso pelaje. Este que nos ocupa vendría a ser las memorias de un libro (y no un libro de memorias), narradas desde la altura de los veinte años, edad provecta para muchos libros, si nos atenemos a la calidad de los materiales. El libresco narrador nos ofrece enseguida la ficha técnica de su nacimiento:

Nací el 17 de junio de 1983, a las 16.37, en la imprenta La Manutention, en Mayenne. Formato: 16,5 centímetros x 12,5 centímetros. Peso: 230 gramos. Número de páginas: 224. Tipografía: Garamond. Cuerpo: 12. Tipo de papel: papel volumen de 90 gramos. Seis dibujos de Jean Mulatier. Tirada: 800 ejemplares numerados de 1 a 800, y veinte ejemplares sobre papel japón numerados de I a XX con la ilustración de la cubierta y grabados originales de Marc Pessin.

El imprimé en France no será obstáculo para que este libro acabe sus días en un río del África negra, víctima de la desafección de un emigrante expulsado de Francia. Azares de la vida, digo, de los libros.

Desde el momento de su aparición, el incógnito libro (para mantener un poco el misterio nos oculta el nombre del autor, el título y el editor) va pasando por distintas librerías y lectores diversos, igual que Lázaro de Tormes pasaba de amo en amo. Fruto de ese trasiego, y de la experiencia acumulada durante años, son los comentarios jugosos que desgrana, muchos de los cuales ahondan en la psicología de lectores, libreros y escritores. (En cierta ocasión, en una librería de una pequeña ciudad de la Francia profunda se presentó un anciano preguntando por un libro de Arnaldo Calveyra. Al poco rato, apretando el libro contra el pecho, el anciano emocionado confesó: ¡Soy yo!)

De las conversaciones mantenidas con otros libros, algunos muy destacados en la historia de la literatura, también deja constancia. En una ocasión, mientras charlaba en la biblioteca del profesor Lunel con algunos compañeros de estante, fue testigo de la aflicción que le causaba a la Antología de la poesía griega que fuera Robert Brasillach su compilador. Nada consolaba a la pobre Antología. Los libros que la rodeaban coincidían en alabar la decisión del general De Gaulle de no evitar el fusilamiento del colaborador de los nazis.

Aunque confraternizaba con todos sus hermanos de papel, nuestro libro solo le concede a uno el título de amigo: una traducción de Crimen y castigo aparecida a principios del siglo pasado. La admiración compartida por Dostoievski, por el autor y por el hombre, cimentó esa amistad.

Al anochecer, amparados en el silencio, los libros parlotean. Una noche, en la librería de Veyrier, un librero de viejo del rastrillo de Clignancourt-Saint-Ouen, presenció esta desoladora escena:

Una Cartuja de Parma se lamentaba de no haber tenido más que un solo lector, que había tardado más en leer la novela que Stendhal en dictarla. Cincuenta y tres días, como se sabe. Una Náusea publicada en la colección Blanche le respondió:

—No se queje; al menos llegó hasta el final. ¡Si contara los lectores que me han abandonado a la mitad! Aunque algunos han llegado a mi conclusión falsamente optimista... ¡Incluso le di un vuelco a la vida de un adolescente!

Queda claro que los libros sufren y padecen. Y que les acogota el miedo. Un miedo omnipresente –eco de los viejos tiempos– a la guillotina, que decapita, año tras año, miles y miles de libros (sobajados unos, inmaculados otros), iniciando el camino de vuelta a la pasta primigenia.

Al lector curioso (tan invocado por los clásicos) seguramente le seduzca este libro, si sigue vivo.



Paul Desalmand, Las aventuras de un libro vagabundo
Barcelona: Destino, 2010

2 comentarios:

Juan Poz dijo...

Un libro es realmente un ser vivo. Acabo de leer una edición de Akal de la Minima Moralia, de Adorno, y una cincuentena de hojas, a partir del inicio del libro, se han desprendido de la pésimonula encuadernación del volumen. ¡Qué gemidos he tenido que oír! ¡Qué lamentaciones desconsoladas! Todo se volvía un "¡ay, y qué va a ser de nosotras, en manos de este manazas (mi menda) desordenado!", "¡a saber dónde iremos a parar!", "¡qué peligro de exilio el nuestro!" Oía sus gritos de socorro y, conmovido, he decidido atar el volumen con gomas anchas y fuertes para evitar la desbandada, y, aún más, les he prometido, para tranquilizarlas, que las llevaré a un auténtico encuadernador para que repare la incuria con que fueron tratadas en Akal. ¡Qué menos!

Luis Valdesueiro dijo...

Y a buen seguro que el libro te lo agradece, que son los libros son bien agradecidos.

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