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5.2.13

El senador Pococurante, francotirador literario

Uno de los capítulos más deliciosos del Cándido de Voltaire, tan lleno, por otra parte, de peripecias peregrinas, es aquel en que el ingenuo Cándido y Martín, el sabio resabiado, visitan a un rico senador veneciano, Pococurante, en su magnífico palacio de la Brenta. El hecho de que fuera considerado un hombre feliz había despertado la curiosidad de Cándido, y no quería dejar pasar la ocasión de conocer a un ejemplar de tan rara especie.

De la lectura del capítulo no es fácil deducir si Pococurante era un hombre feliz o un pobre infeliz. Lo que en él destaca es la tendencia a opinar desfavorablemente de cualquier tema, lo que a Cándido, tan escaso de criterio propio, sumía en la perplejidad.

Si el ingenuo Cándido alaba algo, el sesentón senador discrepa con pasmosa seguridad, se trate de lo que se trate: de mujeres, de la pintura de Rafael, de la música... El senador reconoce que ha comprado a precio de oro, y por vanidad, los dos cuadros de Rafael ante cuya belleza se extasía Cándido. Y resume así la relación que mantiene con su pinacoteca: “Poseo muchos cuadros, pero ni siquiera los miro.”

Mientras llega la hora de comer, el senador manda tocar a sus músicos. Y al alabar Cándido la música, Pococurante replica que ese ruido, al cabo de media hora, fatiga a todo el mundo, aunque nadie se atreva a confesarlo. Pero Pococurante sí se atreve. Recela, eso sí, de las alabanzas, por considerarlas, quizás, esclavas del miedo. Su osadía pone en cuestión el papanatismo, aunque su actitud tampoco esté libre de sospechas. Pococurante va de francotirador. Y el francotirador acaba disparando contra cualquier bulto, venga a cuento o no. A vecdes da la impresión de que las críticas de Pococurante parecen querer poner en evidencia la fingida admiración de otros.

No escasean los malentendidos en la historia de la cultura, pero de vez en cuando aparece un Pococurante que, armado de razones y sinrazones, a partes iguales, parece dispuesto a poner las cosas en su sitio, persiguiendo la lealtad con su propio gusto.

Después de comer opíparamente, Pococurante y sus invitados entran en la biblioteca. Al ver un Homero magníficamente encuadernado, Cándido alaba el buen gusto del senador. Y éste contesta fríamente: “Pues a mí no me gusta”. Y desgrana sus razones, para terminar diciendo: “He preguntado a más de dos sabios si con tal lectura se fastidian tanto como yo, y los sinceros me han contestado sin ambages que el libro se les caía de las manos, pero que era preciso que figurase en la biblioteca de todo hombre ilustrado, como un monumento de la antigüedad, al modo de ciertas roñosas monedas retiradas de la circulación.” Era preciso. Y de hecho ahí está, en la biblioteca del senador, aun cuando no le prodigue elogios. Algo más compasivo se muestra con Virgilio y con Horacio, pero para todos tiene objeciones. Igual que el cura y el barbero del Quijote, también Pococurante hace, a su manera, el donoso escrutinio de algunas cimas literarias, en un ejercicio de libertad, admirando a Cándido de lo que oía, y encontrando la comprensión de Martín. Para cada autor que señala admirativamente Cándido, Pococurante tiene dardos afilados. El último sobre el que hace blanco no es otro que Milton, “ese burdo imitador de los griegos, que desfigura la Creación”.

Un personaje como Pococurante no deja indiferente. Y forzoso es suponer que él conoce cuanto rechaza, y que por eso desprecia a quienes aceptan vicariamente lo que ignoran.

Cándido cayó rendido ante el senador, y para sus adentros decía: “¡Oh! ¡qué hombre de más talento! ¡Qué gran espíritu el de este senador! Nada le gusta.” Nada le gusta. Qué extraña felicidad.

2 comentarios:

Juan Poz dijo...

Pococurante habría de haberse traducido en castellano Pococurrante de la sensibilidad y el pensamiento o, siguiendo el catalan, Pococurós, esto es, Pococuidadoso. Como en toda parodia, hay un adhesión de fondo a la boutade que conviene tomar en serio. Las discrepancias sobre los cánones en el arte son tan acusadas que al final se resuelve en adhesión casi religiosa a una u otra facción. La Odisea puede atraer tanto como repeler la Iliada, sobre todo para quien no sea sensible al varonil mundo de la guerra y el honor. Mientras la hermosa novela bizantina de la Odisea tiene la condición de primera novela de Occidente, la Iliada ni siquiera puede compararse con las grandes epopeyas hindúes. Yo he leído varias veces la primera. No puede acabar la segunda.

Luis Valdesueiro dijo...

En cuestión de gustos -y de sensibilidades- parece difícil ponerle puertas al campo. Todo fluye y fluye sin cesar.

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