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11.10.12

Mínimo elogio de la pereza

[Nota del 25 de septiembre de 2012]

Paul Lafargue, el yerno de Carlos Marx, escribió un panfleto titulado El derecho a la pereza. Hay derechos pa to, que diría el castizo. De ese texto, leído en años mozos, apenas si me queda una vaga sensación de tedio. Pero el tedio no era entonces tan feroz: tigre de papel y poco más. Aunque tenga en ese panfleto un valedor, la pereza, siempre tan denostada, no hallará nunca quien la redima. No hay pereza buena. Mientras que la indolencia resulta elegante, y el ocio enaltece, la pereza rezuma cutrez. Postular el derecho a la pereza es, qué duda cabe, una manera infalible de meter el dedo en el ojo... aunque no se sepa a quién. Por lo que a mí respecta, en cuanto atisbo el fantasma de la pereza, busco refugio en esa máxima inflexible: Contra pereza, diligencia, que señala el antídoto con menosprecio del veneno. Pues, ¿cómo sería el tránsito de la pereza a la diligencia si la pereza no dejara de tironear de nosotros? Ahí está el busilis. Incluso cuando sabemos lo que nos salva, no todos sabemos salvarnos.

Un agobiante verano, y el inopinado otoño, han acabado por envolverme en ásperas brumas. Que obnubilan. Y oscuramente me aferro a la mística verdad del todo se pasa, todo se ha de acabar; lo queramos o no, todo se pasa, todo se ha de acabar. ¡Y vaya que si se pasa, vaya que si se acaba! ¡Y a qué velocidad! Si parece que nada deja poso... que todo es superficie... que el alma se licúa... que vuelan los días como el viento... Nos consume la prisa. (Ya Pau Casals observó que las sinfonías de Beethoveen cada vez duraban menos.) Hay prisa, mucha prisa, una prisa que nos aleja sin duda de nuestro recóndito destino. Cuántas veces nos engañamos pensando que colmaría nuestra dicha aquello que, una vez cumplido, se volvería nuestro infierno. Si perdemos el respeto a las cosas acabamos siendo exiliados de nosotros mismos. Hay prisa, sí, prisa desbocada por llegar a no se sabe dónde. Y contra esa prisa quizás se necesite una mínima dosis de pereza, una pizca de sopor: la dosis suficiente para caer en la cuenta de que navegamos sin timón y avanzamos sin rumbo y para saber que pisamos el suelo y vivimos los días. Sea bienvenida, pues, la señora pereza, siempre que su visita sea de mera cortesía y no pretenda morar en nuestra alma como gimiente sombra.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Magnífica reflexión, Luis; cierta pereza puede resultar hasta revolucionaria.
Saludos.

Luis Valdesueiro dijo...

Lo que sí es muy deseable, como diría Chamfort, es la pereza del malvado. Y la del hombre corriente tampoco está mal, de vez en cuando. Pero que no dure, esta al menos.
Saludos.

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