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30.5.12

Mínimo elogio de la claridad

Hay cosas que se ven turbias,
y hay cosas que se ven claras;
y hay cosas que no se ven
de tanto querer mirarlas.
JOSÉ BERGAMÍN

La claridad es acreedora de elogios; merecidos, incluso si a veces delata simpleza, espíritu romo y burda nadería.

Lo claro reclama tonos claros; y lo oscuro, oscuros. Y así como en unos pintores predomina la luz, en otros reinan las sombras. (Luz y sombra: anverso y reverso de lo mismo.) Otro tanto sucede con los poetas. Y uno hubo, llamado Góngora, que de príncipe de la luz pasó a ser príncipe de las tinieblas, según dictamen de Francisco de Cascales.

Aspirar a la claridad es razonable, incluso a la claridad de lo oscuro (aunque siempre haya almas náufragas prendidas en lo umbrío y reacias a la luz). Irrenunciable es la claridad, en lo oscuro y en lo claro, aunque tantas veces sea meta inalcanzada. Como sucede con cualquier virtud, el mero deseo no la alcanza. 

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