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16.5.12

La limosna no es la solución (Cogitaciones de Budhi-Dhorma)

Dostoievski recelaba de la limosna, o eso piensa Budhi-Dhorma, y sus razones tendría; muchas tal vez, tantas como pobres. Quizás pensara que la limosna no extirpa de raíz la pobreza, y que antes desaparecerán los pobres que la pobreza misma. Pobres como ese que limosnea en la puerta de la panadería y abruma a los desafectos con un sarcástico “¡graaacias!”.

Budhi-Dhorma, en su ingenuidad, se preguntaba en tiempos: si doy limosna una vez, ¿estoy obligado a darla siempre? Budhi-Dhorma pensaba en los mendigos de puesto fijo, esos a los que siempre vemos y que siempre nos ven; no pensaba en el mendigo volandero al que en realidad nunca llegamos a ver. ¿Y sería bueno, persistía Budhi-Dhorma, forzarnos a obrar en aquello que debiera ser espontáneo?

Hace días, Budhi-Dhorma leyó en el periódico una noticia inusitada: un hombre amenazó a los viajeros del metro con sacar la pistola (y no hablaba a humo de pajas) si no le daban limosna. ¡Limosna a mano armada…! Ah, qué gran lubricante de la caridad es el miedo. A Budhi-Dhorma le atracaron una vez, en el puerto de Algeciras; pero él, alma de cántaro, creyó que socorría (generosamente, es cierto) a un soldado menesteroso. Pero eso fue en otro tiempo; ahora, cuando Budhi-Dhorma oye el “mas vale pedir que robar”, un escalofrío recorre sus buenos sentimientos.

4 comentarios:

Javier dijo...

Tópico en mano, Luis, pobres los de antes, los de solemnidad, con cédula real incorporada, de esos que si un día algún feligrés fijo no le daba nada, suscitaba su ira y decía con orgullo y desafectación: A ti no te volveré a pedir jamás.

Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

La frase se las trae, Javier: épica y poderosa.
Un abrazo.

Juan Poz dijo...

Complejidad perversa es la del cerebro que en los cuarenta o cincuenta pasos que le separan del pordiosero -de pedir limosna "por Dios"- ha de sopesar si deja el óbolo o no en la mano, el gorro, la lata, el plato o la alfombrilla... Me río yo de los problemas de la física cuántica... Salvador Espriu tiene un cuento en el que se narra la relación de una persona con un pedigüeño, y cómo, al final, el donante acaba asesinando a quien se ha convertido en una acusación viviente que le impide no sólo darle la limosna, sino vivir aceptándose como es, porque el interpelante -el que le pide la pela- le provoca unas reflexiones metafísicas que el donante no puede seguir sin caer, a mitad de ellas, en la angustia y la desesperación. Ni me acuerdo ya del título, pero sí del impacto que me produjo.
En un rapto martinesco, quisé un dia regalar el tabardo de pana que llevaba a un pobre de solemnidad a quien solía limosnear cada semana. Era un invierno frío y el hombre vestía con una chaqueta liviana que no parecía abrigar nada. Me quite el tabardo y le pregunté si lo quería. El hombre lo examinó por todos lados, evaluando si merecía la pena aceptar, y sólo después de hacer un comentario sobre la escasa calidad de la prenda y su no ucha limpieza, aceptó quedársela. Volví corrido y cabizbajo a casa.

Luis Valdesueiro dijo...

Muy jugoso y jocoso tu comentario, Poz. Me ha hecho reír. ¿Quién no ha salido chasqueado de alguna incursión samaritana? Y es que también nosotros somos otro para el otro, por pobre que este sea. Y el más humilde de los hombres puede parecer soberbio, según cómo y cuándo. Y como en el fondo nadie es, en cuanto persona, más que nadie, cada uno se defiende como puede.
Ah, el tabardo. La palabreja me ha devuelto a otros tiempos.

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