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12.5.12

[De la ilusión…]

Sospecho que no le falta razón a Clément Rosset: aceptar lo real, con todas sus consecuencias, es tarea que desborda nuestras capacidades. Así, pues, no es extraño que caigamos víctimas de la ilusión, esa percepción inútil, ese dejar a un lado lo real para vivir como si lo real no existiera. La ilusión nos permite vivir las cosas como si fueran distintas de su ser, es decir, siendo como suponemos (o queremos suponer) que son. El iluso ve, pero acto seguido mira hacia otro lado. En nuestra lengua, la ilusión es, además, apetencia esperanzada de algo. Tener ilusión significa, entonces, creer que los actos sellarán nuestros deseos. Ya no se trata de soslayar lo real, sino de anticiparlo. ¿Y dónde anida la desilusión? En que las cosas terminan siendo lo que son –pura realidad–, ajenas a nuestro deseo. Sentimos, entonces, que el pérfido destino nos ha herido con traición. El argumento de la tragedia se basa en que nadie escapa a su destino, a lo real, ya que lo real es nuestro único destino real.


LUIS VALDESUEIRO, Lucidario (1997)


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