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2.4.12

Spinoza y el herem

Decía Spinoza (o Espinosa, como quieren otros) que los hombres no aceptan los preceptos de la razón, y no le faltaba razón al decirlo. En cualquier época, la  sinrazón cosechará adeptos. Esperar que los seres humanos acepten los preceptos de la razón, y solo los preceptos de la razón, quizás sea tan poco razonable como pretender que todas las líneas sean rectas. ¡Un imposible geométrico!, tan imposible como que la razón nos abra las puertas de la fe.

A pesar de todos los desplantes, solo la razón nos ayuda a entender lo que se cuece en ella y al margen de ella. (A entender lo que puede ser entendido; el resto le es ajeno.) Pero no es parvo mérito que sirva a ese propósito, ya que, en el alma, luz y tinieblas se codean; y si la mucha luz deslumbra, la mucha sombra aterra. Y ay de aquel a quien no le asista la razón.

Gran acopio de razones hubo de necesitar Spinoza para entender las terribles palabras del herem (anatema) que lo expulsó, por los siglos de los siglos, de la fraternidad con sus hermanos de religión:

Que sea maldito de día, y maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante, maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no le perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y traigan sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley.

¿Amén?

6 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Perdóname el chiste malo, Luis, pero no puedo resistirlo: si Spinoza hubiera vivido en nuestros días no le hubieran hecho un herem, sino un E.R.E. (menos mal que era autónomo).
Saludos, y felices vacaciones.

Luis Valdesueiro dijo...

Bien dices, José Miguel, autónomo, que no heterónomo (del sector del vidrio).
Saludos y felices vacaciones también para ti.

Mari Carmen dijo...

Gracias, una vez más, por sus enriquecedoras, sabias y maravillosamente bien escritas entradas.

Luis Valdesueiro dijo...

Muchas gracias a ti, Mari Carmen, por tus generosas palabras, y por prestar atención a las mías.
Un saludo.

Juan Poz dijo...

A veces no solo no nos asiste, sino que desiste de asistirnos, porque advierte, razonablemente, que somos impenetrables. Por otro lado, la razón es muy suya y no se deja usar por cualquiera, de ahí los adeptos a su ausencia y a los dioses en quienes quieren guarecerse del terror. La cuarta locura de Platón, el furor poético, sitúa a los poetas fuera del ascendente de la razón: sujetos al capricho de las musas. Y, sin embargo, qué pocos poetas entre quienes huyen de ella...

Luis Valdesueiro dijo...

Desde luego, Platón no era muy amigo de poetas, con razón o sin ella.
Saludos.

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