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16.4.12

Neologismos hermafroditas y otras digresiones

A bote pronto se me ocurren dos.

El primer neologismo es ya un clásico. Se debe al finado Jesús Gil, orondo y campechano presidente del Atlético de Madrid. Lo deslizó, si mal no recuerdo, en una entrevista televisiva. Tras la mofa inicial, acabó siendo considerado un feliz  hallazgo: ostentóreo.

El segundo neologismo es más secreto, y de más corto alcance, como nacido en un libro. Lo aventuró Juan Ramón Jiménez en un aforismo de 1923: se alegra en él de que a sus cuarenta y tanto años se le zahiera –igual que en sus años mozospor raro e incomprendido. El neologismo del poeta moguereño es exalzar.

No siempre se reconoce lo original. A veces, por diversas razones, se le rompen las alas. Así, en la edición de Estética y ética estética, preparada por Francisco Garfias (Aguilar, 1967), el exaltante neologismo quedó humillado a una de sus partes: ensalzar. En Ideolojía, vasta recopilación de aforismos de Jiménez llevada a cabo por Antonio Sánchez Romeralo (Anthropos, 1990) el neologismo luce en todo su esplendor. Y lo mismo sucede en Cuadernos (Taurus, 2.ª edición, 1971), aunque lo curioso aquí es que la edición también la preparó Francisco Garfias. ¿Figuraba ya la errata en la primera edición, de 1960?

De acuerdo con sus normas ortográficas ¿no hubiera debido el poeta escribir esalzar? Persisto en la duda, renuncio a buscar esas páginas. Sería gracioso que, según esas normas, estuviéramos ante una errata. Y acaso achacable a su autor.]

Pero ¿qué se esconde tras semejantes naderías? Una pregunta, una pregunta que toca a la verdad de las cosas: ¿y qué lector que lea “ensalzar” (donde debiera leer “exalzar”) podrá suponer que se halla ante una errata? Suposición imposible, no hay margen de duda, la sindéresis avala lo común. A falta de un término de comparación, acatamos lo que vemos, si lo que vemos es frecuente. Los errores no se enmiendan en el vacío, ni  corregir es solo corregir, sino corregir y cotejar. Desgraciadamente, cuando leemos no tenemos otro referente que el libro que leemos. 

Juan Ramón Jiménez era muy sensible a las erratas, “las famosas erratas”. Quizás por eso no extrañe la nota de desagravio que publicó en la revista Universidad (Puerto Rico). Después de reconocer que es muy difícil que no haya erratas, añade: “Pero algunas veces, la errata, por su repetición, puede parecer menos casual y hasta puede creer alguien que es del propio escritor.” Lo molesto, pues, no sería propiamente la errata en sí; el enfado añadido vendría de la posibilidad de ser achacada al escritor. Es la repetición, la persistencia en el error, la que alarma al poeta y le lleva a declarar que, en un número anterior, donde dice “descuajarigantes” y “descuajarigancia”, debe decir “descuajaringancia” y “descuajaringantes”. En 1956, fecha de la concesión del Premio Nobel de Literatura al poeta, el DRAE recoge por vez primera el término “descuajaringar”.

Por lo que a las erratas se refiere, a veces es más fácil producirlas que detectarlas. Lo que no tranquilizará al autor celoso de su obra y temeroso de que el azar o la ignorancia le reste verdad.

NOTA
Ante cualquier sospecha de errata en esta entrada, aténgase el benevolente lector al sentido común, aun a riesgo de errar.

3 comentarios:

Juan Poz dijo...

En la última entrega de mi Diario de un artista desencajado recojo una errata que no corrijo porque mejora el texto. "léase este ogro* aforismo absolutamente autobiográfico", escribí, y con el asterisco me congratulaba del hallazgo. Un alumno mío me hablo de la "vía pulgativa" de la mística, y no le faltaba razón...

Luis Valdesueiro dijo...

¡El juego que dan apenas veintitantas letras! ¿No es para maravillarse?

cheap rs gold dijo...

"léase este ogro* aforismo absolutamente autobiográfico", escribí, ful scam el asterisco me personally congratulaba andel hallazgo. Not alumno mío me hablo en "vía pulgativa" en el mística, y simply simply no le faltaba razón.
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