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20.3.12

Ni jugadora ni bebedora

Budhi-Dhorma espera al pie del semáforo. Es domingo; viene de comprar el pan, una de esas barras que aquí se llaman pistola. Una anciana, bajita y con un perro muy abrigado, despide quejas: el perrito acaba de desafiar a un perro grande, indiferente y grande. La mujer, nerviosa, habla por los codos, y con puntos suspensivos, como Céline en alguna novela. Con sorpresa, Budhi-Dhorma descubre la línea azul que cruza sus párpados. «Los perros pequeños son los peores… Siempre van provocando… El grande es de mi hija… (Durante un instante, Budhi-Dhorma pierde el hilo.) Mi hija… Solo me da cinco euros…»

Budhi-Dhorma no sabe si la mujer ha dicho euros o duros. Pero lo cierto es que le enseña un billete de 5 euros.

« … Yo cobro 800… 400 de mi marido… y 400 míos… Y mi hija… mi hija me tasa el dinero… Solo me da 5… Y tengo que pagar un café… Y hoy… hoy voy a comer con una amiga… que me invita…»

Budhi-Dhorma escucha y, de vez en cuando, asiente con la cabeza o dice un sí cómplice, de mero acompañamiento. Cuando se abre el semáforo, la pobre mujer pobre se aleja, pero antes declara en su descargo: «¡Yo no soy jugadora ni bebedora!…»

Y a Budhi-Dhorma se le viene a la cabeza un poema de fray Luis sobre la vejez. El poema (VI) empieza recordándole a Elisa que ya la nieve ha variado el preciado cabello que en otros tiempos hacia escarnio del oro. Y dos estrofas más allá empiezan las preguntas:

¿Qué tienes del pasado
tiempo sino dolor? ¿cuál es el fruto
que tu labor te ha dado,
si no es tristeza y luto,
y el alma hecha sierva a vicio bruto?

Llega un día, si llega, se dice Budhi-Dhorma, en que las agujas del reloj se vuelven puñales. Y, pese a todo, el tiempo siempre parece joven; solo es viejo el tiempo vivido, el tiempo gastado en vivir.

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