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17.10.11

El momento de la inspiración

Hay momentos en los que nos envuelve un gélido vacío, como si nuestros sentimientos estuvieran congelados.

Hay momentos en los que parecemos atisbar la llegada del mal tiempo: esas desabridas mañanas, esas tardes adustas del invierno; momentos en los que la imaginación vuela, ya que cuesta creer que haya llegado el otoño.

Hay momentos en los que sentimos el frío por venir, como si nuestro espíritu fuera un descampado baldío, como si temiéramos los escarpados meses del invierno.

Hay momentos, en fin, en los que las palabra parecen dictadas por un frío venidero, palabras ajenas al menor atisbo de inspiración, esa inspiración de la que tanto llegó a recelar Stendhal.

Para escribir, confiesa en su Vida de Henry Brulard, aguardaba el momento de la inspiración. (¡El momento de la inspiración!) Y a cuenta de la espera, el novelista se propina algunos reproches: No superé esta manía hasta muy tarde. (¡Manía!) Y para desbrozar dudas, remata: Esta estupidez ha perjudicado mucho a la cantidad de mis trabajos. (¡Estupidez!)

Pero a partir de cierto momento, Stendhal dejó de esperar el momento de la inspiración y encontró su verdadera inspiración escribiendo. Buen remedio, sin duda, para la falta de inspiración, o para que la inspiración se manifieste, si quiere.

De todos modos, la inspiración parece ser menos esquiva con los poetas que con los novelistas. Al fin y al cabo, un buen poema pudiera labrarse con unas docenas de palabras y para armar una buena novela se necesitan muchas palabras, todas las palabras que son necesarias, muchas palabras.


  

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