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27.9.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas…] (15) Aquellos circos de antaño

SINOPSIS

Finalmente, cediendo a un designio aristotélico, Budhi-Dhorma pasó de la potencia al acto: tras meses de divagaciones, aprovechó unos días de holganza en el septentrión para adentrarse en Paradiso. Como afirma el dicho: Nunca es tarde si la dicha es buena.

Encaramado en la cama del niño, Zoar se entregó a misteriosas operaciones, que sugieren al narrador un curioso parecido: «ahora el hechicero parecía uno de esos gigantes del oeste de Europa, que con mallas de decapitador, alzan en los circos rieles de ferrocarril y colocan sobre uno de sus brazos extendidos un matrimonio obrero con su hija tomándose un mantecado.»

Budhi-Dhorma esboza una sonrisa. Cierra los ojos para imaginar mejor a esos gigantes del oeste de Europa que alzan rieles de ferrocarril y colocan sobre un brazo extendido a un hombre y a una mujer, un matrimonio, pero obrero, acompañados por su hija tomándose un mantecado. La escena llena de hilaridad a Budhi-Dhorma, quien ensaya la nostalgia de esos circos, de esos gigantes con mallas de verdugo que realizaban tales proezas. Sostener en el brazo a un matrimonio, y no a un matrimonio cualquiera, sino a un matrimonio obrero, con el añadido de su hija zampándose un mantecado, es algo que ya no se ve en los tiempos de ahora, ni en los circos de ahora.

* * *

El perro Blas continúa lamiéndose la pata con la misma unción que si comiera hormigas. Si Budhi-Dhorma le habla, el perro levanta la cabeza y mira a quien le habló. «Este perro —piensa Budhi-Dhorma— tiene alma, alma inmortal, y es seguro que ganará el paraíso, el paraíso de los canes, aunque a veces más que tener alma, parece bobo. Oye un ladrido, y contesta con otro. Y así una y otra vez. Pero quién sabe, puede que tenga alma y que también sea bobo.» Así piensa Budhi-Dhorma, poco afecto a los perros y a su alma, la del perro.

* * *

El Coronel y su mujer regresan bajo la lluvia. Baldovina informa a los padres del garzón: «—Ha pasado muy mala noche, se ha llenado de ronchas y el asma no lo deja dormir. Me he cansado de hacerle cosas y ahora duerme. Pero es fuerte, pues yo creo que si alguno de nosotros no pudiese respirar, comenzaría a tirar zapatos y piedras y todo lo que estuviese cerca de su mano.»

Aunque ya la respiración alcanzó el sosiego, aunque ya las ronchas abandonaron el cuerpo del hijo amado, las explicaciones de Baldovina —friegas de alcohol, gotas de esperma...— son recibidas con un «silencio ceñido y sin intersticios».

Un silencio ceñido, un silencio sin intersticios, paladea Budhi-Dhorma las palabras.

30/6/2011.

Continuará.


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