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29.8.11

Un error, trágico error, o El lenguaje de los signos


En su historia de la revolución rusa*, Orlando Figes cuenta un error, trágico error, protagonizada por Dzerhinsky, el jefe de la Cheka (Comisión Extraordinaria de Todas las Rusias para Combatir la Contrarrevolución, la Especulación y el Abuso de Poder).

Los métodos de tortura que empleaba la Cheka eran muy variados, y dependían de la inventiva de los chekistas, lo que hizo que algunas chekas acabaran siendo conocidas por su «especialidad». Veamos, sumariamente, alguna. La de Jarkov consistía en sumergir en agua hirviendo las manos de las víctimas… En Armavir les destrozaban el cráneo con una tira de cuero… En Kiev fijaban una jaula con ratas al torso de la víctima…
El invierno ofrecía inéditas posibilidades: derramar agua sobre las víctimas desnudas hasta convertirlas en estatuas de hielo… Algunas chekas preferían la tortura psicológica: hacer creer a las víctimas que iban a ser fusiladas, y dispararles con cartuchos de fogueo… O enterrarlas vivas… O encerrarlas en un ataúd con un cadáver… Tampoco faltaron víctimas obligadas, por añadidura, a presenciar la tortura, la violación o el asesinato de algún ser querido…

Dado que Lenin consideraba a los rusos «demasiado blandos» para aplicar las «duras medidas» del Terror, favoreció el empleo de extranjeros en la Cheka. El número de jóvenes era, asimismo, considerable.

Inmersos en la embrutecedora violencia, algunos chekistas acabaron locos; otros buscaron alivio en la bebida o en las drogas… La lengua rusa se enriqueció con nuevos sinónimos del verbo ‘matar’.

El fin último de la maquinaria de terror eran las ejecuciones. Durante la guerra civil se llevaron a cabo decenas de miles de ejecuciones sumarias. En ese clima aconteció el error, trágico error, que Orlando Figes relata así:

«En 1919, durante una sesión del Sovnarkom, Lenin escribió una nota y se la pasó a Dzerzhinsky: “¿Cuántos contrarrevolucionarios peligrosos tenemos en prisión?”. Dzerzhinsky garrapateó: “Alrededor de mil quinientos”, y devolvió la nota. Lenin le echó un vistazo, colocó un signo de una cruz  al lado de la cifra, y se lo devolvió al jefe de la Cheka. Esa noche, mil quinientos prisioneros de Moscú fueron fusilados siguiendo las órdenes de Dzerzhinky. Resultó ser una tremenda equivocación. Lenin no había ordenado la ejecución de todos: siempre colocaba una cruz sobre algo que había leído para dar a entender que lo había hecho y que lo tenía en cuenta. Como resultado de este sencillo error de Dzerzhinky, mil quinientas personas perdieron la vida.»

Pareced evidente que no sólo equivocan las palabras; los signos, sin leyenda, pueden invitar al crimen.


* Orlando Figes, La Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo. Barcelona, Edhasa, 2000.

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2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Aterradora semiótica, Luis, la del sobreentendido ahíto de sangre.
Saludos.

Luis Valdesueiro dijo...

Agudo resumen, José Miguel.
Saludos.

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