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4.8.11

Instrucciones para zurrar a un libro

Recientemente, Budhi-Dhorma me hizo llegar este texto para que lo acogiera en mi blog. A su agradecimiento añadía una advertencia: “se trata de una reata [sic] de boberías que me han entretenido durante un buen rato”. Con gusto, y con sorpresa, accedo a su petición, ya que desconocía su faceta de literato. Lo que no ignoro es que Budhi-Dhorma es un esforzado lector que, últimamente, se ha propuesto escalar el Everest de la literatura cubana: Paradiso, de Lezama Lima.

Me encanta charlar con él: para mí, Budhi-Dhorma no es un pensador sino un ser pensante, fiel al Cogito, ergo sum cartesiano. Él no se engaña en cuanto al sentido que el filósofo daba a sus palabras: pensar es entender, pensar es querer, pensar es imaginar, pensar es sentir y pensar es, asimismo. pensar. Así pues, su pensar abarca todo lo que él es, lo que le inclina a renegar del pensar castrado, mero pensamiento y nada más que pensamiento. Tomar la parte por el todo más parece, a veces, delito que otra cosa. Cogito, ergo sum, dice Descartes; mientras soy, pienso, dice Budhi-Dhorma.

Confío en que sepáis disculpar esta digresión, sencillo homenaje a alguien por quien siento una acendrada estima.

 

A veces es necesario zurrar a un libro. No por malo, no; por una simple cuestión de policía, dicho sea al arcaico modo. En la cima de los libros, firmes y prietos en sus anaqueles, se acumula el polvo del tiempo muerto, rezuma el olvido. Pero, tarde o pronto, llega el día en que ese libro es candidato a una zurra, bien porque toquemos a zafarrancho general o porque nos apetezca redimir al autor de su soledad.

En cualquiera de los casos, lo primero que hay que hacer es abrir una ventana. Y después de abierta, elegir entre dos opciones de zurra.

La primera de ellas es muy recomendable para los libros de tapa blanda (como este alargado Solaris al que acabo de zurrar por si me viniera el pujo de leerlo). Procederemos del siguiente modo. Se coge el libro (o se toma, si así lo preferimos) con la derecha mano (o con la izquierda, si somos zurdos), dejando a la vista la contracubierta. Si no pagamos tributo a la neurosis, quizás podamos hacerlo al revés, con el pulgar sobre la cubierta invertida. Mientras el pulgar aprieta la contracubierta, los otros dedos, arracimados, sujetan con furia el libro. La mano izquierda (o la derecha, si somos zurdos) deberá permanecer abierta, paralela al cielo y a la tierra, receptiva. Y en un visto y no visto, golpeamos repetidamente la mano con el libro para ahuyentar el polvo. Paramos un instante, y repetimos la operación otra vez, a modo de tiro de gracia, para no dejar ni una mota. A nadie se le oculta que tal procedimiento exige cierta dosis de energía a fin de que el libro quede impoluto sin correr el riesgo de que caiga a la calle y se desnuque. Más que de zurrar al libro, pudiera pensarse, es la mano, sea la que sea, la que recibe una buena tunda. Y con lo dicho basta por lo que se refiere a los libros de tapa blanda.

En cuanto a los libros de tapa dura, conviene emplear otro método, más eficaz aunque no menos estruendoso. Abrimos el libro, aproximadamente por la mitad. Por supuesto, la mitad varía en razón del grosor del libro, ya que depende del número de páginas que tenga. Una vez abierto el libro, vemos que cada uno de los pulgares se posa sobre una hoja (el pulgar derecho, sobre la hoja derecha; el pulgar izquierdo, sobre la hoja izquierda), y no vemos que los otros dedos se despliegan a lo largo de las tapas. A partir de ahora, estamos listos para despolvar el libro, aunque tal vez no sea ocioso advertir a los zotes, que siempre los hay: ¡ojo con los pulgares! Con firmeza, y la inevitable rigidez corporal, cerramos de golpe el libro. ¡Plaf! Se repite la operación varias veces, hasta que el polvo se vuelva invisible. Por último, y si nos apetece, podemos dar un golpe de gracia.

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