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19.5.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas…] (9) Querer lo que se quiere

SINOPSIS. Aunque Budhi-Dhorma, lector ingenuo, se ha prometido a sí mismo leer Paradiso, la monumental novela de José Lezama Lima, no ve llegado el momento de empezar la lectura. Amilanado por la magnitud de la empresa, todo se le vuelven maniobras dilatorias, aproximaciones propedéuticas.
Y mientras llega el deseado momento, Budhi-Dhorma vive y desgrana digresiones…

Budhi-Dhorma sabe lo difícil que es querer lo que se quiere. De ahí que con frecuencia renuncie búdicamente a sus deseos. Los deseos nos hacen infelices: tanto da que se cumplan como que no se cumplan. Y, a veces, al cumplirse, la infelicidad es doble. Así piensa Budhi-Dhorma, para sí mismo, sabedor de que se trata de un pensamiento privado, sin validez universal. ¿Iba a ignorar él que entre sus congéneres cada uno es, como suele decirse, de su padre y de su madre? ¡Qué gran verdad!, piensa Budhi-Dhorma, y en qué poco aprecio se la tiene.

Budhi-Dhorma sospecha que tras muchos deseos se amotina una palabrería infinita. La gente dice que desea aquello que en absoluto desea, y a eso acaba reducido su deseo: a expresar un deseo que en realidad no desea. Vanidad de vanidades…

Budhi-Dhorma sabe -la vida se lo enseñó a muy alto precio- que es difícil, imposible a veces, querer lo que se quiere. Más fácil sería, con ser difícil, querer lo que se tiene, y sin embargo pocos son los que logran tal bendición. Muchas veces queremos de boquilla lo que queremos; lo queremos… sin quererlo, como aquellos a los que Saint-Just reprochaba que querían la revolución sin la revolución. Es innegable, para Budhi-Dhorma al menos, que muchas veces queremos lo que en realidad no queremos, lo cual es el colmo del querer. Pero el caso es querer, incluso lo que no queremos..

Budhi-Dhorma confía en llegar algún día a Paradiso. Quiere llegar, pero sus atisbos búdicos no le ayudan en la tarea. Y lo cierto es que algunos libros se le resisten. Empieza a leerlos y se le caen de las manos. Y si no los empieza, es peor aún: no se le van de la cabeza, y añora una feliz coyunda con el libro inaccesible. Pero si consigue olvidarlos, no es extraño que en un momento dado, fruto de un arrebato, acabe dando cuenta del esquinado libro, de uno de esos libros que, por su grosor al menos, son muy recomendables para convalecientes. Lo que queremos se burla a veces de nosotros mismos en las narices de nuestro querer. Así piensa Budhi-Dhorma. Eso sucede unas veces, y otras veces no sucede eso. Pero lo terrible, lo que más aflige a Budhi-Dhorma, es sentir el oscuro deber de leer un libro. ¡Pobre Budhi-Dhorma! 

El lector ingenuo hace recuento de alguno de esos gigantes que, si no forman parte de su destino, sí pertenecen al ámbito de sus desvelos: La montaña mágica, La muerte de Virgilio, Manhattan Transfer, Ulises, Guerra y paz, En busca del tiempo perdido... ¡Paradiso! ¡Grandes novelas! Novelas movedizas, no aptas para alfeñiques. Budhi-Dhorma cree que una misma dieta lectora no es apropiada para todos; sería algo descabellado y sin sentido. Cada cual debe elegir sus alimentos. Pero el lector ingenuo siente que a veces le paraliza la inmisericorde presión de las grandes novelas y tiene la vaga impresión de que su libertad ha sido violada. Y entonces pone todo su tesón en desembarazarse de cualquier asomo de obligación. Una obligación no querida está reñida con el gozo. Al menos eso piensa Budhi-Dhorma. Él quisiera creer que no hay excusas que valgan, y que no hay necesidad alguna de excusarse. Ni de excusarse, ni de mentir. Pero a veces piensa que para llegar al heroísmo de la verdad tendría uno que ser Sócrates. A esa verdad aspira, no obstante, Budhi-Dhorma, ya que las mentiras, y a veces incluso las verdades, le parecen tiros que salen por la culata. A este respecto recuerda una anécdota que le sucedió en Bruselas. Caminaba cabizbajo y pensativo por la calle, tras escuchar en el Botanique el desgarrado Concierto para el fin de los tiempos, de Messiaen, cuando al levantar la cabeza de sus pensamiento, vio acercarse a un clarísimo señor que llevaba una cartera y una revista en la mano. Budhi-Dhorma tuvo un atisbo de lucidez: Tate, es un testigo, se dijo, de Jehová; y empezó a sentir por dentro cierto regocijo al presagiar la oportuna excusa, ya que no dudaba de que sería interpelado. (Todavía hoy, al cabo de tantos años, Budhi-Dhorma guarda rencor a los mormones, ya que nunca –tan despreciativos, tan emparejados, tan jóvenes varones, con esa blanca camisa de manga corta, con aquella chapita identificativa–, lo que se dice nunca, se dirigieron a él, como si él, pobre Budhi-Dhorma, fuera un réprobo que no mereciera redención. Y basta esa nimia niñería para que Budhi-Dhorma sea incapaz de olvidar a los hijos de Joseph Smith.)

El hombre testigo estaba cada más cerca de Budhi-Dhorma; al llegar a su altura, le dirigió unas oscuras palabras en francés.

Budhi-Dhorma, sonriente, le contestó, en español:

Lo siento, no hablo francés…

(Hubiera podido decirlo en francés, pero le pareció absurdo decir en francés que no hablaba francés.)

Pero el testigo, que vio el cielo abierto, le espetó:

Ah, no importa; yo soy español…

Y así Budhi-Dhorma, resignado y prisionero de su excusa, consintió en recibir doctrina.

[20/4/11]

(¿Continuará?)

5 comentarios:

Juan Poz dijo...

Me siento cercano a Budhi-Dhorma, no tanto por la manera como esquiva el acto de entrar en el Paradiso, una aventura lectora cuyo placer aún le está reservado, sino porque, acaso, tambien él languidecería hasta la extenuación y el anonadamiento en las páginas de La muerte de Virgilio, mi gran fracaso lector. No lo he revisitado, aunque tal vez ahora esté en condiciones de adentrarme en él con otro provecho, o acaso con algún placer. Decidí leer "Platero y yo" a los 50 años. Y no me equivoqué. Y me parece aberrante que haya podido pasar por lectura infantil una de las autobiografías más desoladoras de nuestra literatura. No propongo convertir este espacio en un blogfórum, pero ¿estaría de más una lectura simultánea de Paradiso con Budhi- Dhorma y cuantos comentaristas de este blog estuviéramos dispuestos a la experiencia?

Luis Valdesueiro dijo...

Ciertamente, hay libros que se resisten, por las más diversas razones. El tipo de edición, según creo, importa mucho. Había que ser un lince para leer el "Quijote" en la antigua edición de la colección Austral, con ese cuerpo de letra rayano en la anorexia. A mí me ha resultado imposible leer algún libro en determinada edición, libros que al fin he podido leer.
No sé si al final Budhi-Dhorma entrará en el "Paradiso", aunque espero que sí; y si es así, ya irá dando cuenta de ello, y sin duda le encantaría que hubiera lecturas si no simultáneas sí paralelas.

manolotel dijo...

De la reflexión sobre el querer o no querer lo que se quiere, valga la simplificación, saco la conclusión de que hay ciertos cariños que navegan por encima de las preferencias razonables.

Pongo por caso: ¿Quien querría una Revolución sabiendo que acabaría con nuestras comodidades cotidianas, en el mejor de los casos, provisionalmente?

Y por contra: ¿A quien no le apetecería una Revolución que cambiara ciertos hábitos sociales y ciertas prioridades políticas?

Yo creo que desde un punto de vista práctico, según la edad y la experiencia, las respuestas podría ser distintas, pero, desde un punto de vista ético, pienso que la coincidencia sería muy evidente.

Sobre el tema de la lectura, me incluyo en el grupo de los que les cuesta arrancar con determinados títulos importantes y no solo por el tamaño de la letra, que también, sino por el miedo a la decepción. En el caso de los best-seller es sencillamente que la publicidad anula en mí el deseo.

Las reflexiones de Budhi-Dhorma me recuerdan, desde el punto de vista del estilo, a las de aquel heterónimo de Pessoa.
Lúcido y lucido a la vez, creo.

Saludos

Luis Valdesueiro dijo...

Muchas gracias, manolotel, por tus palabras.
Saludos.

Blogger dijo...

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