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21.4.11

De citas

Si saber citar es un arte, reflejar fielmente la cita es labor artesana. Y es lo cierto que abundan toda clase de citas: a ciegas, de memoria, creativas, jíbaras, elefantiásicas, traidoras, inventadas, atribuidas al desgaire, corruptas o, sencillamente, erróneas. Pero que no cunda la alarma: como no siempre afilamos la atención, quién sabe cuántas elucubraciones felices serán fruto de esa infidelidad al citar. ¡Del error hacia la luz!

Cuando leemos, es inevitable considerar correcto, salvo errata manifiesta, aquello que leemos. Es inevitable, lo mismo que el error.

Recientemente, en algún lugar de la galaxia Internet, me topé con la siguiente cita del filósofo galo Louis Lavelle:

La palabra humana está a medio camino entre el mundo de los animales y el reino de Dios.

Mientras leía la frase, la cara se me viraba hacia la perplejidad. La palabra humana: a medio camino entre el mundo de los animales y el reino de Dios. ¡Hum! Qué cosas se escriben: puro arcano.

La cita está tomada aparentemente de El espejo de las ideas, de Michel Tournier, un ingenioso libro de microensayos que, no por casualidad, tengo delante de mí; en él, leo lo siguiente:

La palabra humana está a medio camino entre el mutismo de los animales y el silencio de Dios.

Admitamos que Tournier fue fiel a lo que Lavelle escribió, y que L. M. Todó, por su parte, tradujo la cita sin merma.

La frase es ahora otra. Ya no atenta contra el sentido común. Parece fiel, aunque para asegurarlo sería preciso acudir al texto de Tournier y, asimismo, al original de Lavelle.

Pero si el sentido común nos avisa unas veces del error, otras veces nos empuja directamente a él. Sucede así cuando el original dice cosas descabelladas (las cosas descabelladas son decibles) y lo que nosotros leemos es un texto puesto en razón. Esto puede pasar perfectamente con los surrealistas. Veamos un ejemplo tomado de una narración automática de Benjamin Péret, cuyo título expresa un curioso deseo: Mueran los cabrones y los campos del honor:

225. Un campesino delante de la estación de Saint-Lazare.

226. Llegan a la estación.

227. El campesino respira profundamente.

228. Tose.

229. Al toser, escupe perdigones.

Estas frases no alarman a nadie. Nada nos hace sospechar de lo leído, aunque lo cierto es que puede no parecer muy “automático”. Y, en efecto, Péret escribió, según traduce Rodolfo Hinostroza, lo siguiente:

225. Un dolmen delante de la estación de Saint-Lazare.

226. Llegan a la estación.

227. El dolmen respira profundamente.

228. Tose.

229. Al toser, escupe renos.

Y si el lector se deja seducir por las estrategias surrealistas, todas las dudas son posibles: ¿y si lo que escupe el dolmen son corderos?, ¿y si el dolmen bosteza profundamente?, ¿y si el dolmen no es un dolmen sino un baobab?, ¿y si la estación de Saint-Lazare no es la estación de Saint-Lazare?, ¿y si en lugar de una tos tenemos un esputo?, ¿y si son los renos los que tosen?, ¿y si Péret no es Péret?, ¿y si lo que leemos no es lo que leemos?

Y quién sabe si tal cúmulo de dudas no acabarían enredándonos en laberintos metafísicos. Pero, a pesar de todo, hay algo indudable: a los surrealistas podemos citarlos libérrimamente sin correr el riesgo de ser descubiertos.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Esa Combinatoria multicitable de los surrelistas, me hace recordar a Borges, y su Biblioteca. Hasta el Renacimiento eran habituales las citas de memoria de los clásicos. A mí me ha ocurrido que al buscar la cita exacta de algún verso o frase, me he encontrado que me gustaba más tal como la recordaba. Cosas del afecto, quizás.
Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Eso que dices del afecto, José Miguel, a mí me sucede con la música: la versión que más he oído (la que tengo a mano), es la que me gusta más, lo que en muchos casos supongo que no será justo.
Un abrazo.

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