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11.3.11

¿De qué se acuerda Perec?

Perec_Me acuerdo

En la vida, como en el arte, no cabe la generación espontánea. Un día, Georges Perec leyó I remember, de Joe Brainard, y tuvo la feliz ocurrencia de escribir su propio libro de recuerdos: Je me souviens, en total 480 recuerdos mínimos. Berenice lo publicó en 2006, con el título de Me acuerdo, traducido y prologado por Yolanda Morató. A Perec no le duelen prendas y reconoce su deuda con Brainard, no sólo en el título sino en la forma y el espíritu de los textos.

Estos recuerdos de Perec son como pequeñas ráfagas, constreñidas en la mayoría de los casos a una frase, que recuperan instantes o hechos que aún perduran en la memoria. De primera intención es fácil pensar en la frivolidad, pero ya advirtió Ortega que no es frívolo el que se divierte, sino el que cree que no hay que divertirse. Y Perec estaría de acuerdo, porque su juego es divertido y serio, a partes iguales: traer al presente situaciones vividas, películas, noticias singulares, nombres de actores o deportistas, programas de radio, canciones, coches, escritores, etc. ¿Qué sería de una persona a la que se le negaran sus recuerdos, por nimios que sean? Sería, lamentablemente, una persona sin pasado. La mayor parte de estos recuerdos de Perec (1936-1982), van de los 10 a los 25 años; los anteriores pertenecen, según su autor, al dominio del mito. Perec menciona el recuerdo, sin el más mínimo desarrollo, sin desvelar todo lo que bulle detrás de él.

Para muchos franceses de su generación, puede que los recuerdos que nombra Perec sean también sus recuerdos, y esos recuerdos compartidos les hagan sentirse hijos de una época y de un mundo particular. Al lector español, muchos de estos recuerdos le dejarán frío, incluso si pertenece a la quinta de Perec, con la excepción de algunos recuerdos referidos al cine, el deporte o la música…

Cuando Perec escribe, por ejemplo: “Me acuerdo de Caryl Chessman”, yo me acuerdo de una época de mi vida en que me interesé por los avatares de este asesino, aunque mi recuerdo sea bastante vago: creo que mataba a las parejas que estaban en los coches aparcados en lugares oscuros, y que utilizaba una linterna, y creo que fue condenado a muerte y ejecutado en la silla eléctrica, a pesar de las dudas acerca de su culpabilidad. Tales son algunos de mis recuerdos, y a este respecto de nada serviría acudir a una enciclopedia. Pedir fidelidad a los recuerdos es otro cantar. Los recuerdos no son ajenos a la erosión del tiempo. Y puede que algunos recuerdos, muy presentes en nosotros, sean absolutamente falsos, sin dejar de ser verdaderos recuerdos.

Cada vez habrá menos personas que compartan los recuerdos de Perec como tales recuerdos. Para explicar muchos de esos recuerdos de Perec a los jóvenes, y a los menos jóvenes, Roland Brasseur escribió un glosario (casi trescientas páginas) que  ilustraba minuciosamente cada uno de los recuerdos, según informa Yolanda Morató en el prólogo. Y nada de extraño tendría que, con el paso del tiempo, muchas de esas glosas necesitaran a su vez una explicación... Y así sucesivamente.

Veamos algunos de los recuerdos de Perec, encabezados siempre con el Je me souviens:

  • Me acuerdo de que empecé a coleccionar cajas de cerillas y paquetes de tabaco.
  • Me acuerdo de la tercera clase en los trenes.
  • Me acuerdo del canguelo que tenía -en el internado- de que me enceraran la polla..
  • Me acuerdo de que los ciclistas tenían una cámara de repuesto enrollada en ocho alrededor de los hombros.
  • Me acuerdo de un queso que se llamaba “La Vaca Seria” (“La Vaca que Ríe” los llevó a juicio y ganó).
  • Me acuerdo de que la primera línea de metro con neumáticos fue la línea Châtelet-Lilas.
  • Me acuerdo del asesinato de Sharon Tate.
  • Me acuerdo de que la palabra “robot” es
    de origen checo, y de que la inventó, creo, Carel Capek.
  • Me acuerdo de que todos los números cuyas cifras suman nueve son divisibles por nueve (a veces me pasaba las tardes comprobándolo...).
  • Me acuerdo de que me costó comprender lo que significaba la expresión “sin solución de continuidad”.
  • Me acuerdo de Christine Keeler y del caso Profumo.
  • Me acuerdo de que Louis Malle comenzó su carrera rodando El mundo del silencio con el comandante Cousteau.

Al final del libro, “por deseo expreso del autor”, hay páginas en blanco para que el lector escriba sus propios recuerdos. En mi ejemplar, sacado en préstamo de una biblioteca, una lectora ha escrito con lápiz:

29 de mayo 2008

Me acuerdo de la vez que me vi tentada en escribir en otra edisión de éste mismo libro, lo que no me acuerdo es el por qué no lo hice.

LISBETH

P.D: Antes de que se me olvide, pido disculpas por hacerlo.

Literal. ¿Paisana de Perec? Todas las erres escritas con mayúscula.

Para no desentonar con la propuesta de Perec, el colofón dice así:

Me acuerdo de que la primera edición de Me acuerdo, de Georges Perec, se terminó de imprimir el día 18 de octubre de 2006 (¿o fue el 19?).

Esa última duda resulta inquietante, y más que un recuerdo parece un imperdonable olvido.

Para hacer compañía a los “me acuerdo” de Perec, traigo a colación este “yo recuerdo” de Cunqueiro, que acabo de leer en un artículo donde cuenta que el Vaticano, tras prohibir el tango por demoniaco y perverso (un capuchino dijo que el demonio Belial estaba tras el invento), intento sustituirlo con la “furlana”, la llamada danza del Papa:

Yo recuerdo haber visto en un número de Mundo Gráfico, de la colección de mi padre, a dos aristócratas romanos, quizás un Ordini y una Colonna, él de frac, ella de blanco, bailando la danza del Papa.

Y, como la frase se le quedara corta, Cunqueiro remata:

Que, como es sabido, no tuvo éxito ninguno.

(Por último, y a título de curiosidad, quiero señalar que en la edición que he manejado no aparece, a diferencia de lo que ocurre con la cubierta que ilustra esta entrada, la “Presentación de Juan Bonilla”.)

4 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

La memoria, cuando pierde asideros, acaba siendo fantasmagórica.
Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Quizás la pérdida de los recuerdos sea el peor de los desarraigos, la muerte del espíritu.
Un abrazo.

Juan Poz dijo...

Es curioso el caso de Perec, cuya novela Las cosas me fascinó, pero de cuyo La vida instrucciones de uso hube de apearme con cierto disgusto. Insistí en Nací y veo que estos recuerdos van en esta dirección autorreferencial del ombliguismo que, acaso, acabe siendo, la litgeratura del XXI: mónadas llenas de monadas ocurrentes. En esto de la literatura los hay que se meten para huir de si mismos y otros para no salir de ellos mismos. ¿O todos participamos de ambas pulsiones?
Luis, no das tregua... A cada nueva aparición tuya se acrecienta el interés por lo que nos traes. La tuya, aun contradiciendo el título del blog, no es una actitud esquinada, de aquellas que denunciaba Unamuno como muy propias de esta tierra de todos los demonios. Gracias.

Luis Valdesueiro dijo...

Aunque sin duda no te falta razón en tus alarmas, Poz, lo cierto es que, en este caso, Perec no engaña a nadie: "El principio es bastante sencillo: intentar sacar a la luz un recuerdo casi olvidado, no esencial, banal, común, si no a todos, por lo menos a muchos", escribe. Pero, claro, el que el autor consiga lo que se propone no habla necesariamente de la validez de la propuesta.

Ah, y gracias por tus amables palabras. Animan a seguir.
Un abrazo.

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