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14.2.11

¡Que la fusilen al amanecer!

Un rumor recorrió el reino:

—El rey está loco...

La susurrada noticia llegó hasta el último rincón.

Cuerdo o loco, el rey era el rey, aunque últimamente mostraba un inusitado interés por la reforma del alfabeto. Ansiaba someterlo, fijarlo, reducirlo.

De entre todas las letras, la h era la que más desasosiego y confusión le causaba.

—Letra huidiza —hablaba consigo mismo—. Nunca se sabe dónde ponerla. Juega al escondite y no hay quien acierte con ella. Y, además, ¿de qué me sirve tener un reino si me acobarda una letra? Yo soy el rey y ella es una letra hueca! ¿Qué necio lloraría su ausencia?

Y con voz real, ordenó:

—¡Que la fusilen al amanecer!

Y al amanecer fue fusilada.

El rey empezó a atisbar lo arduo de su misión. Mucha pesadumbre alfabética albergaba aún su espíritu. Un día dio en pensar que era absurdo mantener dos letras, la b y la v, idénticas en los fines y diversas en la forma.

—¡Nido de dudas!, ¡foco de confusión! —despotricaba el emperador—. ¡Unas veces b, y otras veces v! ¡Santo cielo! Entre las dos, siembran más dudas de las que acarrearía la ausencia de una de ellas. Además, ¿para qué dos si con una basta?

Resultaba evidente que habría que ejecutar a una, pero ¿a cuál de las dos? Por altanera, quizás lo merecía la b; por insulsa, acaso la v.

Transcurrieron unas semanas antes de que el rey se decidiera:

—¡Que fusilen a la b! Por altanera y orgullosa, ¡que la fusilen al amanecer!

Y al amanecer fue fusilada.

Así desapareció la letra h de la faz del reino, y asimismo la b. Y todo le pareció más claro al rey, y dio gracias a Dios por encomendarle esa misión.

A partir de aora, ya nada será lo mismo. A partir de aora, los hermanos serán ermanos, los hijos serán ijos, los huérfanos serán uérfanos. Y los orfanatos, orfanatos.

El rey estaba exultante.

A partir de ahora, ya no habrá basto y vasto, que todo será vasto. Ni habrá baca y vaca, que todo será vaca. Ni bota y vota, que todo será vota.

El rey, satisfecho aunque exhausto, se retiró varias semanas a Babia. Aunque quedaba mucho por hacer, que pensar sin que le distrajeran las preocupaciones del día a día. Y, sobre todo, sin atender a consejeros que le disuadieran de sus ideas. No era su intención quitarle trabajo al pelotón de fusilamiento. 

De primera intención, el rey quiso ejecutar a la letra g, preservando la j, pero se dio cuenta de que era una idea medio descabellada.

—Cuando fuera menester cantar victoria:  ¡Emos ganado la guerra!, ¿cómo iba a decirlo?

Aunque la g no fue ejecutada, sí fue debidamente reconvenida y relevada de algunas funciones.

A partir de aora ya no abrá generales, ni gerifaltes, ni gentuza, ni gentío, ni gentilicios, ni gineceo, ni gitanos, ni gimnasia matutina... No, a partir de aora abrá jenerales, y jerifaltes, y jentuza, y jentío, y jentilicios, y jineceo, y jitanos, y jimnasia a cualquier ora...

El asunto de la g le trajo a mal traer al rey. Matar a medias a una letra es más peliagudo que fusilarla entera. Y la g, la muy astuta, había sabido jugar sus cartas.

A veces parecía que el rey se olvidaba de su misión redentora, pero bastaba el más leve contratiempo para que gritara como un energúmeno:

—¡Se ará lo que yo diga...! ¡Y será lo que yo quiera…! ¡¡¡Que la fusilen al amanecer!!!

Fuera cual fuera la circunstancia, el rey despedía la terrible frase: ¡Que la fusilen al amanecer! Quizás para entonces ya había ido más lejos que su propia locura.

Y así llegó un día en que se sintió morir. Y tuvo miedo. Y lamentó no terminar su misión. Y murió esa misma noche. De apoplejía, como el buen burgués.

Y generación tras generación es recordado con el mismo asombro que se reserva al persa que ordenó azotar al mar.

4 comentarios:

Javier dijo...

Fusiladas y todo, no dejaban esas pérfidas letras de traer al rey por la calle de la amargura. ¡Ojalá hubiera vivido más tiempo, para que su tarea ecuménica hubiera llegado a buen fin y nos hubiera librado de la tiranía del abecedario! ¡Qué placer no tener que hablar a primera hora de la mañana, no discutir al mediodía, no estar obligado a escribir al atardecer, ni leer ya anochecido con luz mortecina y ojos cavernosos...! Bendito este Rey de las Letras que más parecía el de Bastos...

Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Se te ve partidario,Javier.
Un abrazo.

Juan Poz dijo...

¡Ay, las medias tintas! Y yo que ya escucaba(sic) la impagable aljarabía de un estadio juanramoniano jritando con janas:
¡Joooool! ¡Jooool!
¡Cuántos sufridos alumnos no serían exultantes monárquicos!

Luis Valdesueiro dijo...

Y eso que feneció pronto, que todavía le quedaba mucha tarea.

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