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6.2.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas acerca de un lector ingenuo] (1)

 Paradiso

Budhi-Dhorma se consideraba un bibliófago con pocos escrúpulos: había devorado toda clase de libros. Unos con mucho nervio, otros huesudos, apergaminados otros, otros más mollares y otros aun con su pizca de lubricidad. Por eso, cuando en un texto del gran mexicano nacido en Guatemala leyó la desafiante pregunta: ¿Tu ya leíste Paradiso?, no pudo menos que sentirse apelado. ¿He leído yo Paradiso? El del Dante, no; por supuesto que no, que me quedé en el Infierno, siempre tan cruel y entretenido. El otro Paradiso, el caribeño, Budhi-Dhorma tampoco lo había leído. Y después de tantos años quizá no fuera excusa la falta de tiempo. Puede que el tiempo no se tenga en un momento dado, en un día, en una semana, en un mes, incluso; pero si tras tantas décadas no has tenido tiempo, acaso es que no querías tenerlo. Budhi-Dhorma se sentía avergonzado: la aviesa pregunta le había dejado herido. Pero aun sin haber llegado a leer Paradiso, Budhi-Dhorma podía alegar en su descargo que lo intentó muchas veces, lo que se dice muchas, logrando así que el nombre de Baldovina, que inaugura la novela, acabara convertido para él en un nombre vulgar y corriente. Pero ¿por qué avergonzarse? Budhi-Dhorma siempre había leído lo que quería; y en ese terreno más le gustaban las trochas que los caminos reales; y más prefería descubrir lo desconocido que rendirse a la evidencia de lo manoseado. Muchos libros, incluso de renombre, apenas le interesaban, y no movería un dedo por leerlos... Ah, pero Paradiso era otra cosa. A lo largo de los años, Paradiso se había convertido en su tierra prometida, y Budhi-Dhorma no quería repetir el destino de Moisés. Si le abrumaba la vergüenza era precisamente porque le desagradaban las personas que olvidan su querer por mengua de voluntad, y lo cierto es que él siempre había querido leer Paradiso. Había querido y no había podido, se mostró incapaz: he ahí su fracaso, he ahí su vergüenza.

Pero un día, Budhi-Dhorma, con la fiereza de los fumadores relapsos, se hizo a sí mismo una promesa: ¡Leeré Paradiso! Aunque me lleve tres meses, un año o un semestre, ¡leeré Paradiso! Y si no por gusto, al menos por sentido libresco del deber, como el soldado que en la fría noche resiste vigilante en la garita mientras sueña con una copa de orujo.

Así pensaba Budhi-Dhorma.

[6/2/11]

(Continuará)

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