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18.1.11

Lamentos de Sísifo

Sísifo, hijo de Éolo, el más astuto de todos los mortales, erigió y gobernó la magnífica ciudad de Corinto, situada en el angosto istmo que une dos países. Cuando Zeus robó a Egina, Sísifo, por motivos interesados, lo descubrió al padre de la raptada, el dios-río Asopo, a cambio de la promesa de éste de hacer brotar una fuente en el castillo de Corinto. Y, efectivamente, Asopo hizo nacer de la roca el famoso manantial que se llamó Pirene.

Decidió Zeus castigar al traidor y le envió a Tánatos, la Muerte; pero Sísifo supo sujetarla con fuertes ligaduras, de modo que nadie podía morir en la Tierra, hasta que por fin llegó el fuerte dios de la guerra Ares y libertó a la Muerte, la cual llevóse a Sísifo a los infiernos. Éste, sin embargo, había ordenado a su esposa que no celebrase el sacrificio de los difuntos; Hades y Perséfone se encolerizaron por ello y se dejaron persuadir por Sísifo a devolverle al mundo de los mortales para amonestar a su negligente consorte. Habiendo escapado así del reino de las sombras, no pensó ya en volver a él, sino gozar de la vida. Pero, estando sentado ante un suculento banquete, satisfecho con el éxito de su treta, vino la Muerte de repente e, inexorable, se lo llevó nuevamente a los infiernos, donde le estaba reservado el siguiente castigo: valiéndose de pies y manos, tenía que arrastrar un enorme bloque de mármol desde el llano hasta la cima de una colina. Pero cuando creía haberlo empujado hasta la cumbre, escapábasele la carga, y la pérfida roca volvía a rodar hasta el pie del monte. Y así debía el atormentado pecador comenzar de nuevo una y otra vez la ímproba tarea de subir la piedra, mientras un sudor de angustia le fluía de todos los miembros.
GUSTAV SCHWAB

–Qué cansado y qué fútil es todo esto –se repetía Sísifo, incansable.

Cargar con el bloque de mármol le parecía mera anécdota: tener que obedecer era la verdadera condena. Una condena terrible que pesaba en su ánimo aún más que en su cuerpo. Obedecer eternamente, día tras día, hora tras hora, noche tras noche, siempre lo mismo, sin descanso ni festivos. Inevitable fue que Sísifo acabara doblegado y convertido en la atroz imagen de la desolación.

–Y la bajada –añadía con tristeza– también se las trae, incluso sin carga.

A fuerza de arrastrarlo durante siglos, el bloque de mármol mermó tanto que un día pudo Sísifo guardarlo en el bolsillo de su americana. (La eternidad es una caja de sorpresas.) A pesar de que la piedra ya era historia, nadie levantó a Sísifo su castigo, y el infeliz rezumaba esa melancolía que viene de los esfuerzos inútiles.

Pero un día, quizás un sábado, mientras Sísifo ascendía ligero, se le reveló la noble verdad de la existencia absurda: huérfana de sentido, la vida es gélida condena.

Y en su reino de sombras, añoró Sísifo por toda la eternidad las horas en que el duro mármol cincelaba sus días.

2 comentarios:

zim dijo...

Qué frase tan honda y tan bella: 'huérfana de sentido, la vida es gélida condena?.

Inexorable, un día sigue a otro; se asciende del alba al mediodía, para descender de nuevo hasta la media noche. Mala es la piedra; peor quizá su ausencia.

Saludos, Luis.

Luis Valdesueiro dijo...

Gracias, Zim, por tus amables palabras... y por tu precisa y condensada apostilla.
Saludos.

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