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7.12.10

Poesía dicha

Hace días escuché unos poemas de Juan Ramón Jiménez dichos por él mismo. Hondas palabras, en la voz y en la materia; frías y ardientes. Y al hilo de esta audición me vienen unas ideas en las que quizá haya un eco de lo que expresó el poeta en alguno de sus innumerables aforismos. Cualquiera ha podido constatar que un mal poema, bien recitado (o incluso mal), puede seducir; y que sólo sabremos que es un mal poema cuando, leído en silencio o con voz tenue, descubramos su oropel, su mentira. Por el contrario, un buen poema, mal recitado (o incluso bien), puede espantar. Y si no le concedemos el beneficio del silencio, nunca sabremos que era un buen poema: si nos habla, lo es; y si tan sólo canta, a la untuosa manera de los malos poemas, tal vez no lo sea. No hablo, por supuesto, de ninguna ley; expreso un criterio personal: los oídos son muchos, cada quién vive la realidad a su manera, no existe un gusto unánime y viva Cuenca como quiera. 

Por lo que atañe a lo que quiero decir, lo relevante es que, siendo la voz música, algunas voces, mientras recitan, transmutan el poema. Y esa alquimia beneficia sobremanera a los malos poemas. Algunas voces, si llega el caso, serían capaces de sacar poesía incluso de la guía telefónica. Pero no es ésa la música que más importa en poesía, sino la música callada, que entra en el alma desasida de los sentidos. La otra, la  música cantarina, puede que no sea sino dócil seda que acaricia los oídos, y que es tan necesaria para quien la necesita, como inútil para quien la aborrece. 

[Martes, 9 de junio de 2009]

5 comentarios:

Juan Poz dijo...

Lo primero, que lo escrito tiempo ha, incluso para un blog, puede tener más vidas que el célebre gato. Lo segundo, que estoy encantadísimo de leer algo acerca de la voz humana en relación con la poesía, que siempre debería ser escuchada, y jamas leída, por más que sea inevitable lo segundo, aunque ello haya acabado atrofiando lo que era propio del poema, la sonoridad. No hay más que recordar la pesada, monótona y aborregada voz de Alberti recitando su propia obra, o la del propio Neruda, que no le iba a la zaga en cuanto a capacidad narcótica, para darse cuenta de los estragos que ha cometido la poesía sólo leída. Tuve la suerte de iniciarme en el disfrute de la poesía oída a través de una rapsoda -oficio ya perdido irremediablemente, creo- que me dejó un recuerdo imperecedero y, por delan te, un reto casi imposible de cumplir. Se llamaba Berta Singerman (1903-1998) y la vi en uno de los grandes teatros madrileños, el Alfil, en una sesión matinal. Allí conocí, por vez primera en mi vida, los versos de Miguel Hernández, de Antonio Machado, de Lorca, de León Felipe... Pocas experiencias poeticas comparables con aquélla. De ahí mi admiración por la voz humana como instrumento. De hecho, y enlazo con dos artículos tuyos muy recientes, es conocida la capacidad hipnótica de la voz de Hitler y cómo su aprovechamiento a través de las emisoras radiofónicas crearon un "estado emocional" en el que se embarcaron millones de crédulos a los que luego les excitaron la sórdida agresividad propia de nuestra especie, con los resultados de todos conocidos.

Juan Poz dijo...

Perdón por abusar de la hospitalidad. El título quizás necesitara esa disyunción que tante le gustaba a Aleixandre: "Poesía dicha o la verdadera dicha de la poesía". Disculpa la intromisión.

Luis Valdesueiro dijo...

Nada que perdonar, amigo Poz, antes al contrario: encantadísimo. Yo también tuve la oportunidad de escuchar a Berta Singerman, sólo que en mi recuerdo fue en el Teatro Lara. Recuerdo asimismo un rapsoda de principios de los 70 -Francisco Curto-, al que daba gusto oír, como sentencia el tópico. Creo que se marchó a París, y nunca más volví a oír hablar de él. Y puestos a recordar, ¿cómo olvidar a Cipe Linkovski, en el Alfil, recitando a Girondo? ¡Una delicia!

Juan Poz dijo...

Devastada la memoria, me acojo a tu recuerdo. En efecto, fue en el teatro Lara.

José Miguel Domínguez Leal dijo...
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