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4.12.10

JRJ y el grillo

En una entrada antigua, recogí la implorante carta que Juan Ramón Jiménez dirigió a un vecino de su casa madrileña a cuenta de un insufrible grillo.

Ahora, leyendo los Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, una selección de prosas del poeta de Moguer, en edición de Teresa Gómez Trueba (Menoscuarto, 2008), me encuentro con un texto, casi telegráfico, escrito desde la ajenidad de la tercera persona, y que acaso describe el íntimo dolor del poeta y los remordimientos por su osadía epistolar. ¿Habla del mismo grillo? Lo desconozco. Pero le cuadran bien al andaluz universal esos remordimientos y ese arrepentimiento final, incluso si no trascendieron del papel. Sabido es que Spinoza condenaba el arrepentimiento: el que se arrepiente es dos veces miserable e impotente, sentenciaba. Pero aunque, según el filósofo, no sea una virtud, ni nazca de la razón, hay veces en que el arrepentimiento se impone como una necesidad, más allá de la razón. Y no es extraño siquiera que acabe uno arrepintiéndose de su arrepentimiento primero. Somos tan humanamente oscuros que nos merecemos la mayor compasión, mal que le pese a los filósofos fieros. 

[El grillo]

Le escribió al dueño, que lo quitara.
Lo quitó el otro.
Remordimientos, inquietud de pensar que el otro está pensando en él.
Le escribió que volviera a poner el grillo en el balcón.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Al lado de este texto, figura otro: “El grillo real”, en el que el narrador cuenta su angustia ante el grillo de un junio raro -junio cóncavo y profundo-, que se cuela por la ventana, dentro de su soledad. Harto hasta lo indecible, decide cortar por lo sano: comprará a Honorito Igelmo, el niño del portero, el grillo. Por un duro, o dos duros, o cinco duros… Por lo que Honorito quiera. Consumada la operación, el grillo pasaría a hospedarse entre la yerba del Retiro.
Atónito quedó el chiquillo por la sorpresa. Y ajeno a la intención del poeta, y de natural bien intencionado, Honorito le propinó una respuesta inesperada… demostración clara de que las palabras traicionan a veces la intención, siempre secreta. En el ajedrez de la vida, ay, nunca sabemos qué pieza moverán los demás, y por muchas celadas que preparemos, nosotros mismos no estamos exentos de caer en ellas. Y no son pocas las veces en que ni incluso nosotros mismos sabemos qué pieza mover. Y, mientras, el tiempo corre; el del reloj y el de la vida.

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