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10.12.10

El predicador

Sucedió hace quince años. Y no fue un sueño.

Recuerdo que había quedado con unos compañeros, para celebrar no sé qué, en la calle del Barco. Me había bajado del metro en Gran Vía y, para hacer tiempo, paseé un rato. Cerca de la calle del Desengaño oí gritos metálicos: “... no humilléis vuestra alma... Arrepentíos...” Sorprendido, me dirigí hacia los gritos; al cabo de unos pasos, apareció él, el predicador: alto y joven, barba silvestre, hábito talar, megáfono en ristre. Hierático, lanzaba sus dardos hacia la calle de la Ballesta, calle de perdición. Clamaba: “Arrepentíos... No profanéis vuestro cuerpo, no humilléis vuestra alma... Arrepentíos...” Yo sentí que mi cuerpo flotaba, que mi mente exhumaba imágenes de película. La calle estaba medio desierta y, de cuando en cuando, alguna prostituta soltaba una risotada hueca.

Ajeno a cuanto le rodeaba, el predicador proseguía impertérrito: “Dios os ama... No despreciéis su amor... Convertíos a una nueva vida, renegad del amor mercenario. Dios os ama..., lo mismo que ama a todas las criaturas. No le defraudéis, no traicionéis su amor. Convertíos a una nueva fe, cortad las cadenas de vuestra esclavitud, atreveos a ser libres. Dios os perdona... Él no lleva la cuenta de vuestros pecados, no es el notario de vuestra indignidad. Él os ama por lo que sois; os ama y os perdona. No le afrentéis. Convertíos...”

Así recuerdo sus palabras, que quizás fueran otras. Al oírlas, rezumaban desolación, a la que no era ajena aquella triste figura, y su barba, y su hábito talar, y su megáfono, y su mecánico decir...

Seguí mi camino lejos de la voz. Me sentía inmerso en una pasmosa irrealidad, como si un demiurgo maligno hubiera disfrazado para mí el tiempo y el espacio. Alguna vez he creído que fue un sueño, que el exhortador de perplejas prostitutas fue una broma de mi imaginación. Pero aunque pareciera un sueño, juro que la visión fue real. 

La perorata —monótona, reiterativa— acabó haciéndose inaudible.

Una prostituta, émula de Rubens, estragada de hastío, me conminó al pasar:
—Ven conmigo, guapetón... ¡o te arrepentirás!

9 comentarios:

Juan Poz dijo...

¿Lo de "guapetón" lo exigía el guión? Simple curiosidad...

Luis Valdesueiro dijo...

Quizás fuera muy castiza y algo cegata, la fulana... Y también es probable que por exigencias del comercio (carnal) se lo dijera a todos...

zim dijo...

Venga, hombre ... si eres guapo, reconócelo sin rubor (¡qué cosas tenéis los hombres!).

Un saludo, guapetón (a ver ahora cómo le explicas esto a Poz ... mi vista es de lince y no comercio ... :)))

PS: disculpa esta estridencia en un blog como el tuyo; suponía que siempre puede haber un resquicio para la cordialidad y el humor.

Luis Valdesueiro dijo...

Bienvenido sea el humor, Zim; pero no olvides que hay personas (es mi caso) a las que les cuesta mucho menos reírse que hacer reír. Este don está al alcance de muy pocos; el otro, el de reírse, al alcance de muchos más (aunque no de todos, por supuesto).
Saludos.

zim dijo...

Una vez más salgo de aquí conociendo o aprendiendo algo más que al entrar; ese don está al alcance de mucha menos gente aún que el de provocar sonrisas o el de esbozarlas con facilidad.
Vuelvo a presentarte mis excusas; debí reprimir el impulso. A algunos lo que mejor se nos da es quedar como auténticos idiotas.

Luis Valdesueiro dijo...

Siento que te hayas molestado. Mis palabras no tenían otra intención, precisamente, que denotar ese déficit de sentido del humor en mí. Lamento el malentendido.

Juan Poz dijo...

Habiendo sonado los clarines para el tercio de excusas, debo dar un paso al frente y presentar las mías, indubitable autor del tonillo zumbón de la primera intervención, con lo que la tal tiene de desbrozadora. Presentadas quedan. Con todo, ruboriza menos el "guapetón" ese que un "menudo paquete" de quien, como yo, jamás ha opositado a Correos..., pero hay barrios y barrios.

Juan Poz dijo...

"a" quien, evidentemente, "a" quien...

zim dijo...

No me he molestado, al contrario. Lo que me aterra es molestar. Gracias a los dos por el tiempo invertido en esta simpleza.

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