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5.11.10

La mujer seráfica

Encaramada en su peana, estaba la mujer seráfica. Toda de blanco: blancas las manos, la cara blanca, blanco el pelo, un halo blanco, las pestañas blancas, los ojos blancos (y negros), los zapatos blancos y un largo vestido blanco, y quién sabe si blancos los pensamientos y las intenciones blancas.

Desde su blanca altura, la mujer seráfica observa el trasiego de la calle. La gente parece sorprendida, esquiva, indiferente, risueña, burlona, amable... Y mientras pasa la gente, la mujer seráfica no puede evitar sentirse invisible, toda blanca, invisible. A menudo se muestra inquieta, como si el paso del tiempo la escociera o le produjera un atroz aburrimiento.

Ya hace tiempo que dejó de pensar en la gente que se cruza delante de ella, ya no hace cábalas que distraigan su tedio. Ahora le cuesta ver los rostros, los cuerpos que desfilan ante su mirada perdida. De vez en cuando, casi nunca, alguien saca del bolsillo unos céntimos y los deposita en una lata. Blanca.

Cuando alguien simula no haberla visto, se siente mal. Un espantajo, un adefesio, un fantasma. Toda de blanco.

Le agradan las risas de los niños, y le duelen. Si sospecha negras intenciones, le duelen. Si nacen del asombro, le agradan. Pero no sabe qué pensar de aquellos adultos que aceleran el paso al verla.

La mujer seráfica siente que la vida discurre ante sus ojos y teme convertirse en una estatua. No, la mujer seráfica no se hace a ver la vida desde lo alto: le domina la desazón. Tal vez por eso se agita, se mueve sin gracia; tal vez por eso su figura emana una blanca tristeza. No será la primera vez que se sienta harta de su vida, harta de la vida ajena, harta en suma de la vida misma. Harta sin remedio. A veces mira hacia atrás, como si buscara a alguien.

No lejos de allí, sentado en un banco, un hombre la observa. Es su rufián celestial.

5 comentarios:

Javier dijo...

Emotivo relato, Luis. Realmente evocador de lo que en el fondo somos, o aspiramos a ser los más humildes de los necesitados, que no pasamos del gris perla.

Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Excelente relato, Luis. No sé si la suerte de esta mujer es peor que la de Lot.
Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Gracias, Javier y José Miguel.
Un abrazo (para cada uno).

zim dijo...

No puedo evitar apiadarme de las estatuas vivientes, sentir su hastío de inmóviles horas, sufrir en mi piel el asfixiante maquillaje, intuir el cansancio, imaginar la interminable retahíla de sus pensamientos desbocados en tan largos silencios, la tristeza del proceso inverso, la recogida, el desmaquillaje, el cómputo de las magras monedas ... la triste expectativa de la repetición al día siguiente ...
Seguro que no todas esas vidas son como las imagino, tiene que haberlas de todos los colores, pero yo siempre las percibo azul oscuro, casi negro.
Un saludo, Luis.

Luis Valdesueiro dijo...

Ciertamente, Zim, a veces esas estatuas vivientes se convierten en el espejo en que proyectamos lo más desolado de nosotros mismos. Pero no siempre es así. A veces nos puede el misterio: a mí todavía me intriga una de esas estatuas que vi no hace mucho en La Rambla: ¡¡¡levitaba!!!, y no había manera de descubrir el truco...
Saludos.

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