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17.11.10

Cada cosa en su sitio

Fue puntilloso hasta el final.

En la mesilla de noche dejó tres sobres.

Uno, dirigido al juez, incluía una misiva en la que afirmaba obrar libremente y estar en plena posesión de sus facultades, si no físicas, al menos mentales. Y añadía que no se culpara a nadie de su desgracia, que su desgracia era solo suya.

Otro sobre, dirigido a su editor, contenía el postrer capítulo de sus memorias. En él explicaba, con todo lujo de detalles, y sin ningún desgarro, la decisión tomada. Queriendo hacer un guiño a los del oficio, lo tituló: «Basta de palabras...»

Y un tercer sobre para el gerente del hotel. Solicitaba su perdón por las molestias que, sin duda, le ocasionaría. Y, por supuesto, dejaba dinero con que abonar la estancia y gratificar a los empleados.

Si no dejó otro sobre para su mujer y sus hijos quizá fuera porque a esas alturas de su vida ya no sabía si tenía mujer, hijos, o qué. (Ni siquiera quería recordar si los tuvo alguna vez.)

Él, aun a riesgo de ser tachado de bobo e infeliz, siempre había aborrecido dejar cabos sueltos... Por eso resultaba extraño que un gentleman como él hubiera osado dar el último paso sin corbata. Siempre es un misterio la razón última...

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