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7.10.10

Enoch Soames y la posteridad

Cubierta de Enoch Soames

¡Pobre Soames!, ¡Enoch Soames!, víctima de sus ansias de gloria (¡literaria!) y de su morbosa curiosidad. Que alguien le pronosticara el reconocimiento póstumo, no hubiera saciado su curiosidad. Él quería saber de primera mano lo que dentro de cien años diría de su obra la historia de la literatura. Él, Soames, fracasado poeta que se creía genial, aspiraba a vivir la posteridad, y no sólo a imaginarla. El 3 de junio de 1897, en el restaurante Vingtième, del Soho londinense, Soames lanza una prédica ante el narrador:

¡Posteridad! ¡De qué me sirve a mí! Un hombre muerto ignora que la gente visita su tumba o peregrina al lugar de su nacimiento, tampoco sabe que se colocan lápidas y se descubren estatuas para honrar su memoria. Un hombre muerto no puede leer los libros que se escriben sobre él. ¡De hoy en cien años! ¡Imagínelo! ¡Si yo pudiera volver a la vida entonces, sólo unas pocas horas, suficientes para ir a la sala de lectura y leer! O todavía mejor: Si yo pudiera estar ahora mismo, en este momento, en ese futuro, en esa sala de lectura… ¡Me bastaría con las horas que le quedan a la tarde! ¡Me vendería en cuerpo y alma al Diablo! Piense en las páginas y páginas del catálogo: SOAMES, ENOCH interminables referencias, infinidad de ediciones, comentarios, prolegómenos, biografías…

Y como era inevitable, según la lógica literaria, sucedió lo previsible: el Diablo, siempre al ojeo de las almas perdidas en la ambición, hizo acto de presencia. Y hubo pacto. Diabólico.

Al despedirse de Soames, el Diablo, sonriendo, le advirtió:

–De hoy en cien años tampoco estará permitido fumar en esa sala de lectura…

Soames soltó el cigarrillo en el vaso de vino y desapareció en un santiamén. La sala de lectura del Museo Británico, le esperaba, con un siglo de adelanto: el 3 de junio de 1997.

Hasta la fecha crucial, Enoch Soames había publicado dos libros: Negaciones y Fungoides, ambos ignorados por la crítica y desconocidos por los lectores. A pesar de todo, Soames confiaba en la gloria. En el corto prefacio de Negaciones, Soames proponía:

Inclínate sobre la vida. Inclínate cerca, muy cerca.

La vida es un tejido, no trama ni urdimbre, la vida es sólo un tejido.

Por eso soy Católico en la iglesia y en el pensamiento, pero también dejo que mi genio teja lo que a mi genio se le antoje.

Al prefacio le seguía un cuento; al cuento, un diálogo entre Pan y Santa Úrsula; y al diálogo, unos aforismos titulados aforismata.

El narrador, testigo presencial del encuentro entre Soames y el Diablo, expresa así sus dudas sobre el valor de la obra del poeta:

De principio a final, había hecho en el libro una gran variedad de formas y era evidente que esas formas habían sido forjadas a cincel. Era la sustancia lo que se me escapaba. ¿Había alguna?, me pregunté. Y si a la postre Enoch Soames no era más que un pobre tonto… Hipótesis ahogada en seguida por la hipótesis contraria. ¿No sería yo el pobre tonto? Me incliné por conceder a Soames el beneficio de la duda. En su día había leído L’Après-midi d’un Faune sin encontrarle el más mínimo sentido. Y Mallarmé, naturalmente, era una genio. ¿Cómo estar seguro de que Soames no lo era? 

Si Mallarmé era un genio, ¿cómo estar seguro de que Soames no lo era? Espinoso dilema, ya que no todo el mundo es capaz de reconocer al genio. Ni de apreciarlo.

Ante la falta de pruebas de la existencia de Soames, el narrador, que no es otro que Max Beerbohm, el autor del relato, acaba preguntándose si acaso soñó la historia sin sospechar que la soñaba. Soames desapareció de la faz de la Tierra, como si nunca hubiera existido, pero no sin antes informar a Beerbohm del sorprendente resultado de sus pesquisas en el Museo Británico...

* * *

Según parece, la versión que recoge la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, está mutilada. Aunque empecé a cotejar esta traducción con la de Juan Pedro Aparicio, desistí enseguida. Doy por bueno lo que se afirma en la contracubierta: la traducción de Aparicio «recupera por primera vez íntegramente en español un texto mutilado en las escasas versiones anteriores». Un relato, en cualquier caso, de inevitable lectura para quien quiera saber lo que Soames averiguó, el ya rezagado 3 de junio de 1997, en el Museo Británico.

_______

MAX BEERBOHM, Enoch Soames. Traducción de Juan Pedro Aparicio. Madrid: Rey Lear (Breviarios del rey Lear, 2, 62 págs.), 2006.

2 comentarios:

zim dijo...

¡La posteridad...! Cualquier cosa que digan de nosotros, buena o mala, cuando ya no estemos, no nos resarcirá de aquello que carecimos ni conseguirá tampoco arrebatarnos lo que disfrutamos.

La posteridad es todo lo que ocurre cuando ya nada puede importarnos ... La 'anterioridad' es lo único que vamos a llevarnos a esa posteridad que dura una eternidad (¡qué barbaridad!).

Lo que de verdad deseamos es estar vivos en la posteridad ajena: solemos preferir cualquier mediocre actualidad a la más brillante posteridad (en general).

Pues que su posteridad sea brillante, tarde mucho en llegar ... y que yo la vea, con perdón, D. Luis. :))

Luis Valdesueiro dijo...

Bonito neologismo, Zim: anterioridad. Un comentario muy jugoso. Gracias y un abrazo.

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