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21.6.10

Voces de dentro

La cosa había empezado en marzo. Oía voces. Voces que pugnaban dentro de su cabeza, en el lugar mismo donde nacen los pensamientos.
No llegaba a entender lo que las voces decían, incluso si, para perfeccionar la escucha, buscaba el mayor silencio posible. Pero era grande la algarabía de voces y no había manera. De vez en cuando oía, como si alguien profiriera una maldición eterna, la palabra nunca. Pero nunca una frase, nunca. Y él mismo repetía: Nunca, nunca, nunca, en silencio, hasta quedar ronco del alma. Y así, recitando esa salmodia, le sorprendía a veces el sueño.
Pasaban los días y seguía oyendo voces, voces desportilladas, sin sentido. Su decepción era grande. No entendía que pudiera oír voces y no fuera posible saber lo que decían. Lo que le decían a él, porque era evidente que a él iban destinadas. Según todos los indicios, parecía que las voces se divertían a su costa. Aunque se parapetara detrás de los silencios, sólo alcanzaba a sorprender alguna que otra palabra suelta.
Poca cosa, nada: ni una mala máxima, ni un mísero mandato. Su creciente decepción se tiñó de rabia, hasta el punto de propinarse algún que otro puñetazo en la cabeza. Ni por esas; todo fue inútil. Le hacía ilusión recibir un mensaje, un telegrama de amor o de odio, pero ni llegaba, ni parecía que fuera a llegar. Y presa de la frustración empezó a olvidarse de las voces, por puro despecho, aunque las voces no se olvidaban de él. Hasta que un día escuchó un gran silencio, dentro y fuera de su cabeza, y alcanzó a oír, nítida y firme, la palabra siempre. A partir de entonces, y como por arte de magia, dejó de oír voces, esas voces que no había sido capaz de entender. Y ya sólo de vez en cuando volvió a oír en su cabeza un pequeño rumor, que no parecía de voces sino de riachuelo humilde.

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