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22.6.10

Releer

Releer un libro es como mirarse en el espejo del pasado. Un espejo cuyo azogue son los años idos. Al releer no solo leemos de nuevo  al autor; a nosotros mismos nos leemos, ya que es inevitable espiar con el rabillo del ojo a aquél que antaño fuimos. Por eso la relectura augura vértigos, lo mismo que si nos asomáramos a un precipicio: allí, al fondo, puede que veamos la imagen desharrapada de nosotros mismos, con sus raídos sueños, con sus utopías para siempre sin lugar, con sus exánimes esperanzas. 

Cuando algo de eso sucede, achacamos al autor el estropicio, obviando el hecho de que su libro es el mismo libro, mientras que quizás nosotros nos hayamos bañado en muchos ríos, más o menos fangosos. Pero de igual modo pudiera suceder que ese libro que, pese a todo, sigue siendo el mismo, nos proporcione de nuevo agradables sorpresas, y nos entusiasme como siempre, y nos devuelva una imagen de nosotros mismos apenas menoscabada por el huracán del tiempo.

Dejando de lado los títulos consabidos, a los que vuelvo de vez en cuando, quisiera mencionar ahora una novela corta de Pascal Quignard: Todas las mañanas del mundo. Disfruto leyendo algunas páginas en voz alta. (A la lectura en silencio le pasa lo que a la poesía traducida: pierde aroma.) Siempre que recalo en esa novela siento el mismo nudo en la garganta, idéntica angustia. Y me asusta pensar en el día en que se deshaga ese nudo para siempre. Entonces, definitivamente, la novela seguirá siendo la misma, pero yo seré otro.

2 comentarios:

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Releer es necesario. Hay libros a los que siempre se acaba por volver. Y es bueno hacerlo y confrontar, en silencio y a tus solas, la lectura que hiciste entonces y la que haces ahora. El texto es el mismo, pero las circunstancias de la comunicación han cambiado, la situación ya no es la misma y eso puede enriquecer la lectura o no, depende, aunque tiendo a pensar que casi siempre la enriquece.

Vi primero la película y después leí el libro. Si la película, hablo de "Todas las mañanas del mundo" me pareció soberbia, el libro, tan breve, tan concentrado, tan elíptico, tan escueto, no le iba a la zaga. Lo mismo me ocurrió con "Los santos inocentes", primero la película y luego el libro. Y aún sigo pensando cuál de los dos era mejor...

Muy buena entrada y aprovecho para decirte que el segundo poema de tus esquinas de la noche me ha gustado aún más que el primero. Sigue la calidad estética, el entreverado de la imagen y la palabra y la fuerza literaria del texto. Enhorabuena.
Un abrazo, Javier.

Luis Valdesueiro dijo...

Mi experiencia, Javier, es idéntica a la tuya: yo también vi la película primero, y ciertamente es soberbia, sin olvidar la magnífica banda sonora (Marais, Sainte-Colombe, Couperin, Lully) dirigida por Jordi Savall. De la adaptación de Los santos inocentes pienso lo mismo: es espléndida. A los textos cortos parece que el cine les puede sacar mejor el jugo, e incluso aportar mucho, sin traicionar el texto.
Como siempre , Javier, agradezco tus palabras, no por cortesia: son ciertamente estimulantes.
Un abrazo.

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