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7.6.10

¿Más es menos? Vallejo como excusa

Los poemas en prosa de César Vallejo son de una gravedad irrefrenable. Las sencillas palabras de la calle, cotidianas, se adensan de tal modo que acaban invocando escalofríos metafísicos y estremecimientos óseos.

En la memorable edición crítica de la Colección Archivos (no exenta, pese a todo, de erratas), al cuidado de Américo Ferrari, es fácil seguir las variantes de los poemas y comprobar que en algún caso ("La violencia de las horas", por ejemplo) hay frases enteras podadas por el poeta. El poema, según el editor ha sufrido muchas correcciones y está lleno de tachaduras y borrones. (Recuerdo el dictamen de Gómez Dávila: "El escritor que no ha torturado sus frases, tortura al lector"). Y para muestra de la tortura que Vallejo ha infligido a sus frases, baste reseñar una de esas tachaduras en que abunda el poema. Si el texto manuscrito dice:
Murió doña Antonio, la ronca de presión oculta, que hacía pan de a cuatro en el burgo y perdía su fuerza perdiendo de costado cierto ritmo glorioso.
El texto que sobrevive a la cirugía reductora, dice:
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
Han desaparecido más de la mitad de las palabras y, sin embargo, la concisión ensancha la frase. ¿Cómo no recordar aquello de "los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa", del Juan de Mairena, convertido por obra y gracia del señor Pérez en "lo que ocurre en la calle"? Vallejo refrena su locuacidad, poda frases; su reticencia aviva las palabras. Hablar callando y callar hablando, pudiera ser su lema. Para que broten las palabras exactas del dolor, es preciso que los sentimientos maceren, que las emociones respiren, que el dolor sangre. Y, en consecuencia, es inevitable el silencio, el tiempo de silencio, la reticencia. El dolor inmediato se vuelve plañidero, se desborda, no encuentra cauce. Sin dejar de ser dolor, roza el ridículo. Y si de algo huye el dolor fingido es del silencio, precisamente; de ese silencio que agiganta el eco de las palabras y las viste de negrura en la conciencia. En este poema de Vallejo, y en otros muchos, el dolor es así: denso, contenido, acendrado... Resulta obvio que no hay dolor en las palabras si el propio dolor no encuentra palabras que lo nombren. Pessoa sostenía que el poeta es un fingidor (y acaso él fingía al decirlo), pero fingidor o no, nadie puede sentir lo que no siente; aunque los sentimientos vicarios también son sentimientos, rémoras de un sentir primigenio. Y para edificar nuestro sentir vale cualquier material: lo vivido y lo soñado, lo pensado y lo leído; los recuerdos... los presagios...

Visto lo visto, cabe preguntarse: ¿más es menos? En este poema, de evocación dolorida, parece evidente que más sería menos y que menos es más. Para decir el sentimiento, parece pensar Vallejo, vale más la quintaesencia que el fárrago.

4 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Es curioso, hablas de fingimiento y dolor. La cita completa de Pessoa, como sabes, es "O poeta é um fingidor. Finge tão completamente que chega a fingir que é dor a dor que deveras sente". Fingido o no, el dolor real es esencial para un poeta. Y estoy totalmente de acuerdo: cuanto más se habla menos duele.

He disfrutado de la entrada. Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Fíjate, José Miguel, que no tenía presente la cita completa de Pessoa, y al volver a leerla gracias a ti me descubro una vez más ante el genio paradójico de Pessoa.
Un abrazo.

Juan Poz dijo...

Pero "decir" el sentimiento, Luis, ¿no es traicionarlo, según el dicho italiano del traductor, traidor? Es ciencia sutil la de averiguar cuándo el sentimiento que se nos quiere transmitir lo es de verdad o, por el contrario, se nos quiere colar de matute un remedo más o menos imperfecto. Nada prueba contra el amor que la amada jamás haya existido, creo que decía Machado; pero ahí ha de entenderse "las palabras del amor", me parece. En cualquier caso, traducido o no, buena parte de la valía del escritor está en saber elaborar con palabras el sentimiento y llegar mediante ellas a la empatia de los lectores. En ese caso, tambien estoy de acuerdo en el rechazo a los fárragos. La verbosidad es el primer enemigo del sentimiento, sin duda.

Luis Valdesueiro dijo...

Lo que planteas, Poz, es muy cierto. Al fin y al cabo, no tenemos experiencia de la experiencia de los demás, y por eso se necesitan las palabras -si de literatura hablamos- para expresar lo sentido. Las palabras y su silencio. Y siempre cabe la posibilidad del engaño.
Un abrazo.

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