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24.6.10

Escribir

Dice Cioran de un escritor que dejó de escribir: no tiene nada que esconder.

Paradojo Cioran: otro, rendido a la rutina, hubiera escrito "no tiene nada que decir", pero el filósofo ama las paradojas, que si dejan perplejo también desafían a la verdad. 

Cualquier hecho de nuestra vida, convertido en palabras, sería fácil esconderlo entre palabras: decirlo sin que parezca que lo decimos, o incluso decirlo sin que seamos nosotros quienes lo decimos. Pero decirlo. Al fin y al cabo, la verdad es exacta e inalcanzable,  mientras que la mentira
-se llame como se llame: ficción, imaginación, invención...- vuela y vuela por encima de todas las verdades posibles.

El escritor del que habla Cioran no tiene nada que esconder (¿sólo se dice lo que se esconde? ¿sólo se esconde lo que se dice?), lo que justificaría su decisión de no escribir.

Quizá dejándolo a la vista sea más fácil esconder lo que queremos esconder (incluso si nosotros no sabemos qué es lo que queremos esconder). La superficie es buena para ocultar secretos. Y es nuestro temor a manifestar lo escondido, el que acaba convirtiendo lo que queremos ocultar en omnipresente,  convirtiéndonos en espías de nosotros mismos. Quizás la vanidad, el orgullo o el pudor, acaben convirtiéndonos en esclavos de nuestros secretos.

P.S. Releído el texto, me asaltan toda clase de dudas. No estoy seguro ni de lo que he dicho, ni de que esté de acuerdo con lo que he dicho, ni de que haya en mis palabras una pizca de razón. Me vienen a la memoria las desgarradas cartas en las que Artaud reivindicaba ante Jacques Rivière, director de la Nouvelle Revue Française, el derecho a la existencia de sus poemas, por más deshilachados y desvencijados que fueran. Pero siempre la claridad viene del cielo, sí, y no siempre nos alcanza. A veces, uno se "encebolla", y acaba diciendo aquello que no sabe cómo decirlo. Está claro que, si tiene razón Cioran, algo tengo que esconder, aunque no sepa esconderlo bien. Mea culpa.

4 comentarios:

Joselu dijo...

Sutil y paradójica idea la de que escribimos aquello que queremos esconder, al estilo de La carta robada de Poe. No hay lugar más improbable que aquello que está a la vista y delante de todo el mundo. No deja de ser sugerente y me hace pensar en esta noche de San Juan.

Luis Valdesueiro dijo...

Yo también me acordé de Poe, y no solo de la "carta robada" sino también del "corazón delator". De todos modos, creo que es muy escurridiza la paradoja de Cioran...

Juan Poz dijo...

Si Mallarmé aspiraba a la página en blanco como revelación de la totalidad inefable del ser, es evidente que ir cubriendo de tinta el blanco de la página no es sino esconder, ocultar, velar esa revelación. Me alegra coincidir con Cioran, porque un día tuve esa misma intuición: las palabras, los textos, sirven para esconderme, para preservar el anodino misterio de mi ser, pero "mi" misterio, al fin y al cabo. Cada palabra dcha o cada palabra escrita es un ladrillo más de ese emparedamiento medieval al que someto a mi yo, o a lo que ese yo sea, si es que acaso "es". Del mismo modo que desde hace mucho tiempo descubrí que leía para olvidar, de modo que mi escritura no se contagiara con demasiada evidencia de lo leído; ahora sé que siempre he escrito quizás no tanto para desfigurarme cuanto para inventarme, aunque tampoco esté seguro de a cuál de ambas acciones me haya dedicado. ¡Qué poder, el de los aforismos certeros! Gracias por la entrada, Luis.

Luis Valdesueiro dijo...

Gracias a ti, Poz, por un comentario tan esclarecedor y personal.
Un abrazo.

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