Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

26.5.10

"Lees un libro ¿y qué?"

Todavía retumban en mi cabeza las palabras de la muchacha del autobús: Lees un libro ¿y qué? Caben muchas respuestas, y también una: Pues... nada. Pero una duda como la que expresa esa frase, si prende en la cabeza de un Calvino, podría traer consigo la prohibición del comercio de libros, o de las representaciones teatrales, o de los conciertos... y tantas de esas pequeñas cosas que, si no alegran la vida, la hacen más soportable.

* * *

Por uno de esos azares en que es pródiga la vida, al hojear un libro sobre el ensayo mexicano (buscaba los aforismos de Carlos Díaz Dufoo, hijo) he descubierto un curioso ensayo: "Libros que leo sentado y libros que leo de pie". José Vasconcelos, su autor, clasifica los libros según las emociones que le producen. Los primeros, los que lee sentado, son los que no le arrancan de su actitud normal: amena literatura, libros instructivos o artísticos... Entre los que le obligan a permanecer de pie, dada su enjundia, figuran los trágicos griegos, Platón, Espinosa, Dante, Schopenhauer... (Es curioso que tratando de libros incluya "la música de Beethoven".) Estos libros, según Vasconcelos, no es posible leerlos sentado: exigen de nosotros todo nuestro ímpetu y nos provocan una verdadera transfiguración. (Quizá se pudiera hablar también de libros para leer tumbado, pero Vasconcelos nada dice al respecto.)

El filósofo mexicano no tiene piedad con los escritores: "Escribir libros es un triste consuelo de la no adaptación a la vida". (Ya oigo a la muchacha del autobús decir: sí, sí, eso.) Vasconcelos lo explica así: "Pensar es la más intensa y fecunda función de la vida, pero bajar del pensamiento a la tarea dudosa de escribirlo mengua el orgullo y denota insuficiencia espiritual, denota desconfianza de que la idea no viva si no se la apunta; vanidad de autor y un poco de fraternal solicitud de comunicante que, para beneficio de futuros viajeros, marca en el árido camino los puntos donde se ha encontrado el agua ideal, indispensable para proseguir la ruta." Y tras estas pedregosas palabras, concluye expresando algo que tal vez sea aplicable a escritores y a lectores: "Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía." Con melancolía, como el coito, ya que no somos gallos.

A Vasconcelos le basta una frase para exponer su sorprendente filosofía de la literatura:: "Si se pudiese ser hondo y optimista, nunca se escribirían libros." Esto da que pensar. El optimismo y la profundidad, unidos, quizá ayuden a fundar una religión o levantar un imperio económico, pero no a escribir un libro, si no interpreto mal a Vasconcelos. Pero ¿y si tiene razón? El que escribe, sea hondo o no, sería necesariamente un pesimista. El optimista, incluso si por excepción fuera hondo, vive la vida, no la cuenta. Si acaso, una vez anclado en la vejez, escriba unas memorias a fin de ordenar lo vivido y recrearse en ello. Llevando la exageración al límite, el escritor sería el que deja de vivir para seguir escribiendo; o el que sólo vive en pos de la literatura. Una exageración, ya digo. Pero Vasconcelos se pregunta también por qué los escritores escriben. Y responde: "Escriben el que no puede obrar y el que no se satisface con la obra. Cada libro dice, expresamente o entre líneas: ¡nada es como debiera ser!"

(Estoy sentado en un banco -y espero que Vasconcelos no se lo tome a mal- mientras leo su ensayo. A la sombra, acariciado por un agradable frescor. De vez en cuando llega una fragancia que me traslada a otros lugares.)

Prosigo la lectura. Parece que sin pesimismo no hay literatura: ni quien la escriba, ni quien la lea. Pero una característica de los libros que Vasconcelos lee de pie es que son libros radicalmente insumisos: reprueban la vida, aunque sin transigir con el desaliento y la duda. En esos libros anida la verdad: en los versos de Esquilo, en los diálogos de Platón, en las obras de Eurípides... Pero Vasconcelos sabe que la verdad tiene enemigos. Poderosos. La razón es sencilla: "La verdad causa terror y muchos se alarman de los corolarios que cualquier espíritu implacablemente sincero podría deducir de estos evangelios inmortales..." Y en consecuencia, "los representantes del rebaño que no quiere morir",  y de "los hombres inteligentes, con Aristóteles a la cabeza", nos inventan interpretaciones moderadas ("como cuando nos dicen que la tragedia alivia porque la representación del dolor causa alegría") a fin de que el principio de la vida triunfe sobre sus negaciones. La conclusión está servida: "Parecen temer que algún día los hombres comprendan, y por eso escriben los libros que nos vuelven a la calma, y al buen sentido, los libros que nos engañan: los libros que leemos sentados porque nos apegan a la vida". (De Divagaciones literarias, 2ª ed., México, 1922.)

Y ya me parece estar oyendo a la muchacha del autobús:
-Todo esto está muy bien. Que si el pesimismo, que si la inadaptación de los escritores, que si el optimismo, que si lo hondo, que si la verdad perseguida, que si la coz a Aristóteles, que si patatín, que si patatán... Pero lees un libro ¿y qué?

(Sábado, 22 de mayo de 2010)

4 comentarios:

Carmen dijo...

Las razones que impulsan a escribir y a leer pueden ser diversas Yo creo que tanto el que escribe como el que lee siempre busca un interlocutor. Decía Jonathan Swift: “mientras leo un libro, tanto si resulta inteligente como si es una tontería, tengo la sensación de que está vivo y me habla.” Quizá lo que nos mueve a leer sea “la pasión por lo inteligible -homo sapiens- lo que hace más o menos soportable nuestra condición biológica, que es la de la mortalidad y que constituye lo que nos queda de dignidad” en palabras de George Steiner.

Luis Valdesueiro dijo...

Muchas gracias, Carmen, por tu comentario. Ya tu tocaya Martín Gaite escribió un ensayo titulado "La búsqueda de interlocutor"; y sí, creo que a nadie le gusta no ser escuchado. Pero quizá, antes que la necesidad de ser escuchado, está la necesidad de decir. Las posibilidades son muchas. Y los seres humanos somos diversos.
Un saludo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Me parece que Vasconcelos divaga al final. Quizás exprime una ocurrencia feliz hasta el extremo de generalizarla. El impulso de escribir puede responder, como dices Luis, a motivaciones diversas y misteriosas.
Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Efectivamente, José Miguel, la ocurrencia, referida a lectores, es feliz. En cuanto a los escritores, alguno ha habido -¿Erasmo?, ¿Dostoievski?- que escribía de pie, pero por una razón prosaica.
Un abrazo.

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.
Contestaré si tengo algo pertinente que añadir.