Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

20.5.10

La filosofía y el desconsuelo

—No hay consuelo en la filosofía. Ni verdad.

—¿Cómo es eso?

—Los filósofos son unos farsantes. Edifican mundos con palabras. Palabras ambiguas, para engañar mejor.

—No me resulta extraño lo que dices. La filosofía se me aparece como la religión de los que ya no la tienen.

—Pudiera ser. Lo cierto es que intenta comprender lo incomprensible y explicar lo inexplicable. Con palabras. Y así roza el absurdo.

—Pero ¿no crees que consuela?

—¿Que consuela? La filosofía desconsuela, como todo lo que corta las alas a la imaginación.

—Según lo veo yo, la verdad es consoladora. Nos acomoda al mundo y nos ancla en nosotros mismos.

—¿La verdad? ¡Qué verdad! ¿La verdad que nos devuelve la autopsia de las cosas? ¿Y que usa las palabras como escalpelo? Más nos vale la mentira, si la verdad nos engaña de ese modo, nos esclaviza.

—La verdad nunca esclaviza, la ignorancia es la que pone grillos al espíritu.

—Pero ¿de qué verdad hablas? La verdad es siempre idéntica a sí misma. La verdad de un espejo es el espejo mismo. Y cualquier espejo, así como cualquier verdad, es engañoso siempre. Agrimensores de la realidad, los filósofos pretenden acotarla, para mejor comprenderla. Y ahí radica su fracaso. Porque la realidad cambia y no hay verdad que no sufra los rigores del tiempo. Perdura, eso sí, el ansia de saber, y de comprender y, en último termino, el ansia de dominar, para no caer bajo el yugo de la sombra.

—¿De qué yugo hablas?

—El yugo que nos empuja a creer que las cosas son como pensamos que son y no como en realidad son. Una realidad a la que somos ajenos. Al interpretarlas, desaparecen. Son como el amor, que no se atiene a razones.

—¿Pues...?

—Pues... nada. Más verdad hay en las mentiras de la literatura que en las verdades de la filosofía. Y, sin embargo, la filosofía es tan necesaria que resulta indispensable, mal que les pese a quienes viven de espaldas a ella, zotes sin conciencia. Pero el riesgo de las palabras es la sensación de omnipotencia.  Letales pueden llegan a ser las palabras. Y quién no se regocija cuando tuerce un realidad con palabras. Pero las palabras apenas son viento, oquedad. Y poco más, aunque parezcan mucho.

—¿Y qué propones, qué alternativa hay? ¿Creer?

—Pero ¿acaso podemos vivir sin creer? Creer en la vida, en la muerte, en la verdad, en la filosofía incluso. Quien no cree, no vive; su espíritu muere de sed. Necesitamos creer tanto como respirar, incluso si sabemos que que nos defraudará aquello en lo que creemos. Pero no hay otra alternativa. Ése es el camino. Incluso el nihilista cree, y con una furia que hiela el alma. La desesperación es un gran acicate para él.

—Los dioses...

—Los dioses están ahí, incluso si nadie cree en ellos. Son tan reales como el miedo. Pero no necesitamos creer en ellos para saber de su existencia. No dependen de nosotros, no buscan nuestros halagos. Los que se entregan a la misión de negarlos, les dan demasiada importancia. Desconfía de los  deicidas. Quién sabe qué oscuras intenciones les dominan. No olvides que mientras haya desamparo, habrá dioses. Y no faltarán hombres que negarán que los haya. Así fue siempre. Incluso habrá hombres que se crean dioses, dioses terribles, sedientos de sangre, necesitados de que se crea en ellos, se los venere, se bese por donde pisan. Terribles dioses de barro. Farsantes podridos de envidia. La humanidad continuamente crea  dioses a su imagen y semejanza. (Bien claro se advierte en el Antiguo Testamento.) Cada civilización prohija a sus dioses, en los que cree y a los que niega. ¿Quién sería hoy el insensato que negara a Zeus o a Thor? Nadie niega aquello en lo que nadie cree. Y si los dioses muertos de ayer son distintos de los dioses vivos de hoy es porque los hombres de hoy no son los hombres de ayer. No hay eterno retorno, siempre es lo mismo. La misma obra y actores distintos. ¡Qué triste es un dios a quien nadie niega! ¡Qué pocos creen en él! A veces nos resulta más fácil creer en lo que no vemos que ver lo visible. Nos asedian las preguntas, y las preguntas se vuelven nudos. ¿Quién tiene la llave del tiempo? ¿quién conoce el futuro? ¿quién matará a la muerte? Y la zozobra nos apuñala, y nadie es capaz de vivir en esa zozobra. Creemos sin creer, creemos en lo inevitable de creer. (No falta incluso quien cree no creyendo.) Así exorcizamos lo desconocido, el invisible azar que rige nuestras vidas, la terca necesidad que gobierna nuestros sueños, sin misericordia alguna.

2 comentarios:

Javier dijo...

Que estupenda disertación, Luis. Habría tanto que decir de dioses y hombres... Aun así, nada de lo dicho a lo largo de los milenios pasados ni de lo que se diga en los venideros cambiará nada, creo... ¿Ves?, también creo, aunque mis dioses sean distintos.

Si no te incomoda, diré, con permiso de Vasconcelos, que la filosofía no da vida, pero puede que nos defienda de la muerte... Lamento no poder entrar más en el fondo del asunto, pero donde no hay...

Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Yo también,Javier, tendría mucho que decir a estos interlocutores que inopinadamente han ocupado mis reflexiones. Gracias por tu comentario.
Un abrazo.

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.
Contestaré si tengo algo pertinente que añadir.