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15.5.10

Caminos de la caridad

El hombre miraba el escaparate de la librería Hiperión. División tripartita: a un lado, las cosas orientales; en el centro, la poesía, alma máter; a la izquierda, ensayos, novelas, biografías... Se le acercó un hombre demacrado, raído. Víctima, quién sabe, del mundo, del demonio o de la carne. O de la vida, que mancilla inmisericorde; o del tiempo, que mata cuanto nace. El hombre raído farfulló algo. El otro hombre comprendió que pedía una ayuda. Para comer, aclaró el hombre raído. El observador se hizo el sordo. De momento. El hombre raído ignoró la sordera del otro, e insistió. La traidora memoria devolvió al hombre que observaba los libros una frase apócrifa, pero poderosa: ¡Insistid y se os dará! Y ante el temor de nuevas porfías, claudicó. Por puro egoísmo. No soportaba que le molestaran. Sacó del bolsillo el óbolo y  lo entregó al hombre raído, mientras él quedaba pensativo. Extraños caminos los de la caridad, pensó, pero cuánto bien hace el egoísmo, se regodeó cínicamente.  

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