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21.4.10

La poética oculta de Tadeo Piera (y 2)

En otra ocasión, Tadeo Piera sostuvo ante Lorenzo que las opiniones de los críticos no le preocupaban lo más mínimo, lo que no impidió que diera la tabarra al bendito a costa de un tal Juan Bernáldez, que en El Cocodrilo le motejó de poeta pirotécnico. El apelativo sacó de sus casillas al poeta. De pirotécnico, ¡nada!, ¡nada de nada! “Pero camino de casa –rememora Lorenzo–, don Tadeo se detuvo y me dijo que él tenía seguramente algo de barroco, y yo que quizá sí, señor Piera, y él que incluso bastante de barroco, y yo, que quizá sí, señor Piera. Y él fue entonces y dijo malhumorado: Barroco pase, pero de seguro un pirotécnico no soy.” Días después, Lorenzo, harto ya de jeremiadas, se burla del desprecio expresado por el poeta hacia las críticas, despellejando su incongruencia: “El capullo la ha cogido modorra con el Bernáldez ese de los cojones. ¡Anda y que si le llegan a importar las críticas!”.

Otro día, mientras estaban sentados en un parque, don Tadeo, que no quitaba ojo a un chaval rubito
–"tan hermoso que más parecía una muchacha”, apostilla Lorenzo–, preguntó a éste si se había fijado en el chaval –“como poeta, declaró don Tadeo, estaba obligado a apreciar la belleza donde quiera que se manifestase”–; pero Lorenzo, toreando la pregunta, preguntó al poeta si preparaba un nuevo libro. “Los libros se preparan solos”, apuntilló el vate. Y a continuación, Lorenzo recoge unas palabras que aclaran la poética de don Tadeo: “Luego me preguntó qué me parecía este título: Melodía, mediodía y yo le contesté lealmente que un juego de palabras, y él, entonces, que eso precisamente era la poesía, un juego de palabras.”

El 4 de diciembre amaneció lloviendo, y Lorenzo no pudo acompañar a Tadeo en su paseo matinal, circunstancia que aprovechó el poeta para dar a conocer al jubilado las primicias de su nuevo libro. Lorenzo, qué remedio, se resignó a soportar el coñazo, son sus palabras, aunque bien vengó en su diario la afrenta: “¡Había que verle despacio! Manoteaba como si le hubiera dado el baile San Vito y hubo un momento en que se acaloró, le subió el flujo a la cabeza y creí que se caía redondo. Pero no. Fue bajando la voz hasta que dejó de oírsele, cerró los ojos y entonces pensé que iba a echarse a llorar. Pero tampoco.” La conclusión de Lorenzo es terminante: “Con un poeta leyendo sus versos uno nunca sabe por qué registro va a salir. Pero lo peor es que llega un momento en que uno no escucha, sólo piensa en lo que debe decirle cuando termine.” Pero Lorenzo salió del aprieto diciendo al poeta algo que sabía que le agradaría oír: “que de su poesía podía decirse cualquier cosa menos que fuera facilona, y él que si de veras lo creía así, y yo que por ese lado podía dormir tranquilo”.

Un día del mes de mayo, Lorenzo vio en el despacho del poeta “un verso tan tachado y corregido que sólo quedaban cinco palabras de la poesía original”. Al salir, Lorenzo preguntó a don Tadeo, “como quien no quiere la cosa”, si corregía mucho sus versos, y así, con sarcasmo incluido, anota la respuesta: “y él, con todo el morro, que no, que para él crear era un acto mecánico y que, a veces, sin pretenderlo, hablaba en endecasílabos. Que corregir era el defecto de los poetas facilones, que cosen y recosen tanto sus versos que a mil leguas se notan las costuras.”

A finales del verano, tras su regreso de unos días de vacaciones pasados en San Juan de Luz, don Tadeo le informa a Lorenzo de que había aprovechado esos días para empezar un nuevo libro. Y Lorenzo aprende otra lección magistral, esta vez sobre el verso y la prosa. Escribe el jubilado, con retranca final: “Le pregunté que si de versos, y él que natural, que la prosa no la trabaja. Le dije que si tan distintos eran el verso y la prosa, y él que entre uno y otra había la misma distancia que entre Miguel Ángel y un pintor de brocha gorda. No quise preguntarle a qué Miguel Ángel se refería para no ponerle en un brete.”

Es una delicia leer y ver el mundo a través de los ojos de un hombre tan sencillo, de una espontaneidad en bruto, que con tanta gracia y frescura nos descubre su extrañeza ante el hecho de que las cosas sean tan distintas de cómo las viste la apariencia.

2 comentarios:

Javier dijo...

Deliciosos recortes, Luis, para deleitarse leyendo y releyendo.

Un abrazo.

Juan Poz dijo...

Me parece estar leyendo la fuente indirecta de "Juegos de la edad tardia" de Landero, aunque en ésta no hay el costumbrismo que tanto lastra la primera. A Delibes le encantaba, formaba parte de su autoimagen, el denuesto de los "inteletuales" que a él le minusvaloraban, pero a los que, sin duda, y a quienes se lo merecían, admiraba. Hay algo del viejo Guevara de Menosprecio de corte y alabanza de aldea, lo cual, en principio, no es ni una alabanza ni un vituperio. ¡Viva Los santos inocentes!

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