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19.4.10

La poética oculta de Tadeo Piera (1)

Leo a pequeños sorbos el Diario de un jubilado. Se trata, en efecto, de un diario –Delibes no toma el nombre del género en vano–, el diario que lleva Lorenzo, desde que se jubiló, a los sesenta años. En este diario, las palabras, más que leerlas, parece que se escuchan, tal es la viveza verbal de su autor. Con desenvoltura, Lorenzo va dando cuenta de las pequeñas anécdotas que jalonan su vida cotidiana, en la que curiosamente acabará ocupando un lugar relevante su relación con Tadeo Piera, el viejo poeta provinciano.

Para entretener sus ocios jubilares, Lorenzo busca una distracción remunerada. En el periódico ve un anuncio que despierta su desconfianza, pero al que responde, espoleado por su mujer: “Caballero distinguido, necesita acompañante por horas. Bien retribuido. Se exige discreción y buena presencia. Inútil sin informes.”

Con más miedo que vergüenza, asegura el bueno de Lorenzo, acude a la cita. Hay acuerdo, y Lorenzo comienza su tarea de acompañante de don Tadeo Piera, distinguido poeta al que la lesión en una pierna le resta movilidad. A partir de entonces, Lorenzo ausculta la intimidad del poeta y, poco a poco, acaba desvelando sus secretos. (Una de las tres hermanas que viven con el poeta, comenta enseguida a Lorenzo que, desde que cumplió los cuarenta, Tadeo Piera tenía todo preparado para su ingreso en la Real Academia Española. Meses después, el propio Lorenzo será testigo de los desvelos del vate cuando avizore la posibilidad de conseguir el Premio Nobel de Literatura.)

Lorenzo y su mujer, la Anita, viven solos. El hijo y la hija ya volaron del nido familiar. Su mayor ilusión es llegar a concursar en alguno de los concursos de la televisión: “Un, dos, tres...”, o “El precio justo”. Son incansables enviando cartas para ver si son seleccionados. Pero además de los concursos, les encantan los culebrones, aunque esos dramas truculentos casi siempre les dejan al borde de las lágrimas. Un día, Lorenzo pregunta por curiosidad al poeta si él ve los culebrones, y el poeta queda horrorizado por la pregunta. Pese a todo, Lorenzo acabará sabiendo que don Tadeo es un incondicional es un incondicional de los dichosos culebrones. Así, poco a poco, Lorenzo irá descubriendo las pequeñas mentiras del poeta, y a la admiración inicial  –“este hombre debe ser un pozo de ciencia”, pensó al ver su despacho atestado de libros– le suceden otros pensamientos menos halagüeños.

Lorenzo desgrana en su diario las nimias peripecias de su vida, sin obviar sus escarceos sexuales con la Faustina (¡después de treinta años de fidelidad a la parienta!), a dos mil duros el desahogo, aunque acabará pagando un precio mayor.

Su relación con Tadeo Piera, le ofrece a Lorenzo nuevos descubrimiento, que contribuyen a recrear la imagen del poeta. Un día, Lorenzo le preguntó “por qué ahora los versos no pegaban”, ya que él tenía entendido que siempre tenían que “pegar, que eso era un verso”. La respuesta del poeta –“... que la poesía no era la rima, que la poesía estaba en la combinación de las palabras, pegasen o no”– quizá no satisfizo plenamente al  jubilado.

Cuando Tadeo Piera regala a Lorenzo su libro El paraíso enigmático, el jubilado recoge en su diario las palabras con que lo define el poeta: “Es un libro ensoñador, me dijo, cosa comprensible puesto que yo, en el fondo, soy un nostálgico.” Como el jubilado es incapaz de descifrar la letra, el poeta lee la dedicatoria: “A Lorenzo, mis pies y mis manos, con afecto.” Apenas cinco días después, ya está el poeta queriendo saber si Lorenzo ha leído el libro. Y el jubilado le dice su verdad: que le había empezado pero se le hacía un poco trabalenguas, ante lo cual don Tadeo se siente obligado a desvelar su poética oculta. Lorenzo recrea el momento con su ingenua sencillez: “Él se perdió por el pico y me confesó que, de primeras, escribía clara su poesía pero luego oscurecía los versos porque, de lo contrario, nadie le tomaba en serio. Le pregunté si es que la poesía debía ser enredosa y él que algo parecido a eso, que la poesía que se entiende a la primera es poesía facilona y hoy no hay poeta que se estime que quiera hacer poesía facilona.”

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

¡Qué admirable Delibes en la viveza de sus retratos y su sutil ironía! Muy buenas notas de lectura, Luis.
Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Totalmente de acuerdo, José Miguel,por lo que se refiere a Delibes. Y agradecido por lo que a mí respecta.
Un abrazo.

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