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14.4.10

La araña y la mosca (Heidegger y Hitler)

Martin_Heidegger

Hace tiempo leí un librito de Marcel Conche: Heidegger en la tormenta, interesante, y polémico, formado por dos opúsculos: "Heidegger
'resistente'" y "Heidegger inconsiderado". En él, Conche aborda un tema peliagudo: las relaciones del filósofo con el nacionalsocialismo durante la época en que fue rector de la universidad de Friburgo (del 24 de abril de 1933 hasta el mismo mes de 1934, fecha en que dimitió). El 1 de mayo de 1933, el controvertido filósofo se había afiliado
al NSDAP.

Conche enseña sus cartas desde el principio: su propósito es liberar a Heidegger de la sospecha de nacionalsocialismo, ya que, según afirma, lo esencial del nacionalsocialismo es el racismo y el antisemitismo, y no encuentra razones para acusar a Heidegger de ninguna de las dos cosas, y ello a pesar de que aceptara con entusiasmo el cargo de rector. (Por aquellos tiempos, en Salamanca, otro filósofo fue nombrado rector, nombrado -y destituido- y, nuevamente, nombrado -y destituido-, unas veces por los hunos y otras veces por los hotros, como a él le gustaba decir. Vaivenes académicos de un filósofo paradójico, brillante y honesto: Miguel de Unamuno.) Aunque Conche libera a Heidegger de la acusación de racista y antisemita, recalca, no obstante, que el filósofo se sentía muy alemán, lo que pudiera explicar su acercamiento al nacionalsocialismo.

El librito de Conche ilustra a la perfección la enmarañada relación del intelectual y la política. El intelectual acaba siendo la mosca; y el político, la araña. Y las relaciones de la mosca y la araña se basan en un malentendido: creer que sus intereses y aspiraciones coinciden.  Ese malentendido lo expresa acertadamente Marcel Conche:

El malentendido entre Hitler y Heidegger se debe a su relación absolutamente dispar con el lenguaje. Para Hitler, el lenguaje no representa sino un medio para actuar sobre las almas y las voluntades: sin preocuparse de la verdad, que puede ser diferente, hay que decir lo que surtirá efecto y lo que surtirá el efecto deseado. Desde este punto de vista, la palabra es más eficaz que lo escrito ya que, explica Hitler, "el orador no deja de recibir del seno de la masa misma, durante el curso de su conferencia, las rectificaciones necesarias midiendo por la expresión de los presentes... si la impresión y la acción de sus palabras conducen al fin deseado" [Mein Kampf]. Así, hay que decir una cosa u otra según el efecto producido. Para Heidegger, por el contrario, cuya primera preocupación no es gustar o arrastrar, sino conducir por el camino de la meditación, las palabras y el lenguaje entrañan en sí mismos una relación con el origen, con lo primordial, una lección de verdad. Sabemos con cuánta atención, con cuánto escrúpulo, escruta y analiza las palabras y sabemos también que, para él, la lengua alemana es privilegiada por su afinidad con la lengua griega. La seriedad que para Heidegger tienen las palabras y la verdad hace que constantemente caiga en la trampa de Hitler, quien, por su parte, no toma en serio las palabras ni la verdad.

MARCEL CONCHE, Heidegger en la tormenta. Editorial Melusina, 2006.

¡Pero hay tantos, antes de Hitler y después de Hitler, que no se toman en serio las palabras ni la verdad...! 

5 comentarios:

Javier dijo...

Aunque es diferente la época, me parecen tantas las semejanzas que no puedo menos que traer aquí la relación, siempre contradictoria, entre Platón y Dionisio de Siracusa, el filósofo y el tirano a quien trata de influir, el que sabe y el que cree que sabe, el sapiens y el semisapiens, ¿no te parece, Luis?

Un abrazo

Luis Valdesueiro dijo...

Algo de eso creo que hay, Javier. La inteligencia tiende a creerse omnipotente, pero se equivoca. En cualquier caso, el espejismo le duró poco a Heidegger, hasta 1934. Y aunque ya se avizorara el futuro, ¿quién podría imaginar las páginas negras que quedaban por escribir?
Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

J-F. Revel en su libro El conocimiento inútil también se ocupa de Heidegger aunque creo recordar que de manera poco elogiosa.
Un abrazo.

Luis Valdesueiro dijo...

Es indudable, José Miguel, que Heidegger sigue siendo una figura controvertida. Paul Celan lo visitó en su cabaña de la Selva Negra en busca de algún tipo de "explicación", pero parece que no quedó muy convencido...
Un abrazo.

Anónimo dijo...

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