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8.4.10

Dudas

Si es inevitable pararse en la duda, y ciertamente lo es salvo que uno sea muy zoquete, inevitable es también correr el riesgo de quedarse prendado en la duda. Porque las dudas son como abismos, simas ante las que la razón se turba, precipicios en que  se hunde el afán de certezas. Quién no duda, poco sabe, poco siente.

Pero hay unas dudas -dudas del sentir y del soñar- que son el anzuelo que muerde nuestra ansiedad. Esas dudas son terribles, terribles dudas que crean fantasmas, fantasmas que ocupan nuestra mente, mente que se entrega a un sinfín de lucubraciones a cual más cruel; dudas crueles que roen nuestro ser y que arrostramos como almas en pena, pena de vivir, ¿vivir, para qué? Dudas que asolan la adolescencia y ciegan en la edad adulta. Perversas dudas que empujan hacia la nada y convierten nuestra vida en un desierto. Y es inevitable atravesar ese desierto de dudas, atravesarlo esquivando espejismos, y mirando de reojo nuestro dolorido sentir, sin dejar de buscar cabales razones en la oscuridad que somos.
  
Y luego están las otras dudas, las metafísicas dudas, las dudas que nos diluyen en cualquier momento, ¿quién soy?, ¿qué será de mí?, ¿qué sentido tiene la vida?, dudas que esconden preguntas ardientes, como clavos de crucificado. Nada nos guarda de esas dudas, ni la zoquetería siquiera, porque las tales impregnan aquello que somos, incluso sin nosotros saberlo. Esas dudas, más que tenerlas, nos tienen, y nos duelen en la sangre del alma. Son dudas sin respuesta, aunque se admitan apuestas -¡bendito Pascal-, dudas que nos hunden en un mar de dudas, eternas dudas de nuestra inquieta finitud. 

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