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6.1.10

Palabras calladas

Callamos a veces para no decir a los demás (por miedo, cortesía, prudencia, pudor, vergüenza ajena..., por mil razones, o sinrazones) lo que de ninguna manera podemos evitar decirnos a nosotros mismos. Es más fácil callar las palabras que queremos decir, que evitar pensar en lo que no queremos pensar. Los pensamientos, igual que el agua, siempre encuentran la vía.
Hace años vi una película mediocre, que me impresionó vivamente. Basada en un cuento de Kubin,  su argumento era fabuloso, de utopía infernal: presentaba un mundo en el que todas las personas eran libres de hacer su santa voluntad, sin temor a leyes ni a dioses. Si no me traiciona la memoria, no sólo eran libres de hacer lo que quisieran, sino que se veían abocados a ello. Por sugerente que fuera la idea, pronto se echaba de ver que algo así desembocaría necesariamente  en una guerra de todos contra todos. Si cualquiera es libre de hacer lo que quiera, sin responsabilidad alguna, entonces cualquiera, en el uso de esa libertad sui generis, puede acabar siendo el verdugo de los demás; y como asimismo los demás gozan de esa quimérica libertad, acabará siendo también víctima. Es el recuerdo de esa película el que me lleva a pensar que el silencio quizá se justifique en determinadas ocasiones: sería nuestra manera de respetar la propia libertad, la auténtica, la elegida.

3 comentarios:

Joselu dijo...

Silencio. ¡Qué hermosa palabra!

Yolanda dijo...

Ya sabes eso de que somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios. Yo soy muy charlatana y bastante indiscreta porque me pierde mi espontaneidad y debería ser más reflexiva, por eso me arrepiento de mucho de lo que digo. En la obra "Doña Clarines" la protagonista dice que las palabras le salen del corazón y pasan antes por la boca que por la cabeza, de ahí su nombre. Yo no llego a tanto.
Y me gusta el silencio, sí, lo necesito.
¿Libertad total? Imposible.
Un saludo.

Al59 dijo...

Erik Satie indica en alguna parte que la belleza de su obra estriba, en gran medida, en la ausencia de todas las notas que, conscientemente, dejó de escribir. Lo mismo es cierto de poemas y aforismos, y seguramente de la vida en general. Igual que el sonido amplificado, el discurso tiende a acoplarse, convirtiéndose en ruido ensordecedor.

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