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7.1.10

Comunicación

La opacidad de las palabras. No es fácil ver claro a través de ellas. Cuando hablamos, se oscurece el sentido de lo que decimos. Y lo que decimos es escuchado de diversas  maneras. Nos entendemos pese a  los malentendidos. Pero no hay perfección en el lenguaje, y esa tacha es acaso su mejor virtud. Si así no fuera, ¿acaso habría literatura? Un lenguaje exacto sería la tumba de la poesía y de la novela. Del teatro, incluso. A cada palabra que leemos, le nace un sentido ajeno a la intención del autor. Y cuantos más sentidos le nacen a lo dicho, más rico es y menos exacto. Las palabras son un camino abierto a múltiples andares. (Jueves, 20 de enero de 2005.)

3 comentarios:

Al59 dijo...

Su reflexión, tan acertada, me ha recordado lo que (al menos en mi memoria) llamaba Lévi-Strauss la sobreabundancia del significante (mirando ahora en Google no encuentro esa expresión, pero sí una emparentada: el 'significante flotante'). La idea era que en una obra de arte o un mito es imposible determinar de forma exhaustiva qué elementos están cargados de significado y cuáles no, y aun en el caso de aquéllos que sí lo están, tampoco se puede estar seguro de cuántos significados posibles contienen. Tenemos, así, una suerte de infinito de bolsillo: en cualquiera de las obras que cumplen esta ley, se duplica en cierto modo el universo. Como lector, yo he tenido a menudo una sensación similar: a partir de cierto punto, la obra 'se sale' de cualquier propósito consciente de significación y deja emerger una constelación de signos ambiguos. No es ya que sintamos que el poema (por elegir un tipo de texto propenso a estos milagros) tiene varios sentidos posibles, sino incluso que nos ''llega'' sin que sepamos atribuirle un significado concreto (pienso en el Romance Sonámbulo de Lorca, pero viene a pasar lo mismo con algo tan pop como muchas de las canciones de Antonio Vega).

Juan Poz dijo...

"No es fácil ver claro a través de ellas". ¡Ese sí que es un gran malentendido, que hayamos de ver a través de las palabras! En las palabras hemos de quedarnos y habitar en ellas, encontrar nuestros rincones preferidos y disfrutar del "locus amoenus". Cuando en una discusión alguien salta con lo de "no te quedes en mis palabras, entiéndeme", mi perplejidad no admite superlativo alguno. Hasta ganas de decirle me dan: ¡pues háblame con gestos,o con silencios! Sí, hemos de quedarnos en las palabras, no son vidrios a través de los cuales ver otra realidad: ellas son, al menos en la literatura, el supremo objeto. Si sabemos estar en ellas, aprenderemos a ser y a sentir. Y esto no es un retórico irme por las ramas, sino una declaración de fe en la habitabilidad de las palabras. Tengo la impresión de que quienes quieren ir más allá de ellas pecan de ambición y de desconsideración. Saber vivir en el mundo de las palabras no es una sabiduría innata, que conste, sino el fruto de un ejercicio constante.

Luis Valdesueiro dijo...

Muchas gracias, Al 59 (¡bienvenido!) y Poz, por vuestros profundos comentarios. Leyéndolos, no puede uno sino sorprenderse de que sus menudas palabras -y no lo digo por falsa modestia, aunque decirlo parezca desmentir lo dicho- tengan lectores tan perspicaces y generosos.Vuestras ideas me ayudan a aclarme algo más con las mías. Gracias y un saludo.

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