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23.10.09

El desdichado

El desdichado tiene la gran desgracia de serlo. El desdichado no es el simple, el abandonado, el huérfano, el olvidado, el que fracasa en su vida, el solitario, el viudo muerto, el traidor a sí mismo, el mentecato, el cretino, el papanatas... No. Desdichado es, quien siendo alguna (o muchas) de tales cosas, siente lástima de sí mismo. Una lástima que lo condena a ser, para siempre, lo que cree ser, y a repetírselo a sí mismo como si su condena no tuviera fin. 

***

¡Cómo se entreveran las cosas! Escribí esta nota en agosto, durante las vacaciones. Semanas después, echando un vistazo a una antología de filósofos, encontré El libro de oro de Séneca o sea sus aforismos morales, facsímil de la edición valenciana de 1831. Pues bien, la frase que resumía cuanto yo quería decir, sin conseguirlo acaso, estaba allí: Desdichado es el que por tal se tiene.   

Muchas veces, una cita ajena estimula nuestra imaginación; me alegra que, en este caso, una cita de Séneca, sea la síntesis perfecta de una divagación mía. 

 

3 comentarios:

zim dijo...

Puestas así las cosas, yo ¿soy 'yo' o soy 'quien creo ser'? ¿existo fuera de lo que creo ser o de lo que los demás creen que soy? ¿o quizá soy todos ellos? Me inclino a creer que la 'idea' de lo que somos nosotros mismos tiene más fuerza y nos determina más que lo que realmente somos (si es que somos algo más o distinto). Bueno, yo me entiendo, aunque me temo que me explico fatal ... ;)
Saludos.

Juan Poz dijo...

Lo peor es que lo que hacemos, al margen de lo que somos o de lo que creemos que somos, sí que es lo que verdaderamente nos define. Me atengo a la sabiduría cervantina, o erasmista: cada uno es hijo de sus obras. Tendemos a creer que nuestra imposible identidad está más cerca de lo que pensamos que de lo que hacemos, cuando la realidad es muy otra, pues esas reflexiones se alejan crecientemente de la realidad, hasta que consiguen aislarnos en una suerte de cenobio reflexivo del que nos tragamos la llave.

Luis Valdesueiro dijo...

Una de las pretensiones de esta divagación es señalar hasta qué punto podemos ser nosotros mismos no ya nuestros carceleros, sino nuestra propia cárcel. Y en ese sentido, lo que somos depende, en buena parte, de lo que nos arriesgamos a ser. Las obras dan, por supuesto, la idea de lo que somos, pero no de aquello que nos impedimos ser. Si nosotros mismos nos condenamos -a la autocompasión, por ejemplo-, no cabe duda de que estamos condenados. Y dado que la propia experiencia es personal, intransferible y no sujeta a observación ni cuantificación, es posible, incluso, que hagamos cosas para confundir acerca de lo que somos.
Bueno, no quiero liarme. Muchas gracias, Zim, muchas gracias, Juan, por vuestros comentarios tan llenos de sugerencias.

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