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28.9.09

¡No sentir nada!

Releo unas palabras de un diario antiguo. "¡No sentir nada!" es el grito inicial. Igual que sucede con el propio rostro, cuesta reconocerse en las viejas palabras; sobre todo en las palabras del dolor, cuando ese dolor ya se fue. Y leo tales palabras -desesperadas, presas en la nada- como si yo no estuviera detrás de ellas. El viento de los días las ha barrido. Aquellas palabras en carne viva son ahora -aunque fueran el cabo que me unía a la vida-  simples rescoldos de un dolor ardiente.

3 comentarios:

Juan Poz dijo...

No es pequeño problema, el de identificarse con las palabras, incluso con las propias. Si la persona es máscara, las palabras, son la máscara de la máscara. Quien las usa críticamente, quien siempre ha hecho la crítica de las palabras al hacer la crítica de su vida, sabe que entre quien las dice y ellas hay, en el mejor de los casos, un abismo. NO tanto el famoso trecho, sino, a veces, el ser o el no ser. Como decía Valèry, parafraseando a Descartes: A veces, pienso, y a veces, yo existo. Tendemos a menospreciar la relación del sujeto con la palabra: ahora estoy detrás de ellas o ya no me pertenecen o son todo mi yo; pero ese es uno de los grandes conflictos. Una derivada de él es, por ejemplo, el hecho de ni siquiera tener palabras; o de que todas sean tan comunes que jamás puedan apresar la singularidad individual. Labor de poeta es crear el significado individual en la voz comunal. He dicho, esto es, me han dicho...

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

Releer el dolor nos hace espectadores de nosotros mismos.

Luis Valdesueiro dijo...

Al margen de lo dicho, recuerdo unos versos de Salinas, más graves de lo que aparentan ser:
¡Qué olvidadas se sienten las palabras
que decían que nunca olvidaríamos!

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