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15.9.09

Marco Aurelio y la fisiología del coito

Marco Aurelio está triste. Imaginemos que cae la tarde y el emperador se entrega a sus reflexiones. Esa misma mañana ha luchado contra alguna de esas tribus del norte, tan fieras y belicosas: sármatas o marcomanos, o quién sabe contra qué bárbaros que amenazan las fronteras del imperio. O imaginemos, si así lo preferimos, que descansa plácidamente en su palacio. En cualquier caso, toma el cálamo y empieza a escribir alguna de esas reflexiones suyas que, poco a poco, van conformando una obra. Una obra que, aunque él no lo sospeche, atravesará los siglos. En esas breves palabras, alerta sobre los engaños de la apariencia; nos invita a despojar a las cosas de su mentira, a desnudarlas para que descubramos su nulo valor.

Marco Aurelio se ha detenido, y permanece absorto durante unos segundos. Vuelve a escribir y nos entrega una de esas perlas que enriquecen la existencia: el orgullo es un terrible embaucador de la razón. Quizá sospecha el filósofo, con razones sobradas, que la razón es débil, quebradiza, torpona: la  soberbia, la vanidad, la lujuria, esos pecados de los que habla la nueva secta cristiana, a la que tan sañudamente persigue, y que, según el profeta Isaías, levantan una muralla entre Dios y el hombre, son capaces de doblegar a la razón, convirtiéndola en verdugo de sí misma. De eso parece querer advertirnos el filósofo. Pero unas líneas antes, él mismo ha dado pruebas de cómo la fría razón puede despojar a las cosas de su verdad, de esa verdad que va más allá de la apariencia, salvo que nos quedemos en meros espectadores. Hablaba el filósofo al comienzo de su reflexión de que gracias a que tenemos un concepto de las carnes y pescados y comestibles, sabemos que esto es un cadáver de pez, aquello un cadáver de un pájaro o de un cerdo...

Pero el filósofo no se queda ahí, y añade:

... y respecto a la relación sexual, que es una fricción del intestino y eyaculación de un moquillo acompañada de cierta convulsión.

Imaginemos que Marco Aurelio ya no está triste, estas últimas palabras le alegran, por considerarlas de una precisión extrema. Y para dar cauce a esa alegría, escribe, exultante:

¡Cómo, en efecto, estos conceptos alcanzan sus objetos y penetran en su interior, de modo que se puede ver lo que son!

Marco Aurelio considera que hay que despojar a las cosas de lo que no son, desnudarlas. Pero, ¿acaso no hay cosas a las que vestir para no violar su esencia? Si hacemos la autopsia a un ser vivo, lo convertimos en un cadáver; si la cortamos, muere la rosa. ¡Qué deseable sería desnudar la apariencia sin humillar la esencia! (Un ser humano convertido en cosa es un ser absurdo, un absurdo sin ser.)

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(Cita de Marco Aurelio: Meditaciones, Libro VI, 13. Editorial Gredos. Taducción de Ramón Bach Pellicer.)

2 comentarios:

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

Su obra atravesando siglos, nosotros atravesados por los siglos. Qué misterio es el tiempo que nos avisa y nos traspasa.
Un día leí un proverbio indio que decía: “no olvides que debajo de tu ropa estás desnudo”. Bajo las apariencias no somos muy distintos.

Anónimo dijo...

Gracias a los dioses fálicos sóle he pegado tres gatillazos en mi vida, pero el más sonado -para mí, claro- se produjo cuando comencé a ver el pecho de mi mujer como lo que es: mucha grasa, poco músculo y las vías galactóforas. Por eso no quise ir a ver la exhibición de los cuerpos plastificados, por si las pistolas...

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