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23.6.09

El consuelo de los libros

Dice Joubert que los libros consuelan de los hombres. Pero a veces ni los libros consuelan de los hombres, ni de la vida, ni del mundo. Y, además, cada libro exige su momento. Por eso hay libros que esperan pacientemente, años y años, hasta que, por fin, son degustados como es debido: ése es el destino de muchos clásicos. Y es que muchos libros se resisten a ser leídos, por razones banales, o no tan banales. Acudo a mi propia experiencia y me pregunto: ¿quién ha sido el valiente capaz de leer El criticón de la vetusta colección Austral, en su edición de 1943, o en las sucesivas reimpresiones? Quien leyera tal libro, en semejante edición, bien merece un premio, ya que se necesitaban ojos de lupa para descifrar el texto. Una posible explicación para tal desaguisado, válida tan solo hasta cierto momento, pudiera ser la escasez de papel. Esa obra, así comprimida, resultaba imposible de leer, se dejaba uno los ojos en el intento. Los libros sin apenas márgenes, con letra diminuta, no respiran, y ahuyentan a los posibles lectores. De ahí que una misma obra pueda ser muchos libros, según como se edite. Y por esa misma razón, una misma obra se lee, o no se lee. Y no hablamos de manías ni de raras supersticiones. La mezquindad, en temas de edición, es injustificable. No se adelgaza impunemente un libro. Eso tiene un precio. Y el precio, terrible, es que nadie lea ese libro. Este asunto me trae a la memoria la disputa surgida entre un sastre y un labrador, y que resolvió Sancho Panza cortando por lo sano cuando era gobernador de la ínsula Barataria. Y como no es cuestión de parafrasear a Cervantes, repito las palabras del sastre, que expresan con nitidez lo que quiero decir:
«—Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer, que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito, y poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: “Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?”. Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debiose de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicome que mirase si habría para dos. Adivinele el pensamiento y díjele que sí, y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.» (El Quijote, Segunda parte, XLV.)
¡Cinco caperuzas en lugar de una! ¡Prodigioso! Pero, ay, apenas servían para cubrir las cinco cabezas de los dedos de la mano.
Justo es decir que, hace dos años, Espasa Calpe publicó una nueva edición (no reimpresión) de El criticón, en la remozada colección Austral, de formato algo mayor: tiene unas doscientas páginas más que la anterior y es perfectamente legible y digna de ser gozada. Gracián la agradecerá.

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